6.7.10

Cadenas de errores


Por Edgardo Civallero

El boca a boca ha sido uno de los métodos más tradicionales para compartir, transmitir y perpetuar cualquier tipo de conocimiento, desde el más nimio hasta el más importante. Cierto es que los primeros solían quedar a la vera del camino de la oralidad y de la historia, y de ellos no volvía a hablarse. Al no ser nombrados, pronunciados y recordados, se perdían. Los otros sobrevivían, aunque muchos sufrían notables alteraciones.

Dicen los que saben que la escritura permite que los olvidos, en esa cadena de transmisión de saberes, sean menos, y que todo aquello que pueda ser plasmado en un papel (o en un soporte digital, en estos modernos tiempos que nos hacen vivir) tiene más posibilidades de sobrevivir al silencio. Dicen también que, al ser escrito, no sufre ningún tipo de transformación: permanece inalterable por los siglos de los siglos, para que el valor de lo que transmite no se pierda.

Ocurre que muchos, por el mero hecho de encontrar algo escrito (o fijo en cualquier otro soporte que lo haga escapar del destino incierto que le aguardaría), creen a pie juntillas en lo que dice, y así lo repiten. Muy pocos se detienen a analizar la veracidad de esas palabras. Las leen, las dan por buenas y las repiten. Nadie está libre de ese error. Y puede suceder en cualquier disciplina, con cualquier temática y en cualquier ámbito.

Hace poco comprobaba lo dañina que puede ser la práctica de repetir sin comprobar lo que se repite. En la revista "Tierra de vientos" (que acabamos de lanzar esta semana y versa sobre música y cultura de los Andes) decidí crear una sección en la que colocar la letra de una canción popular andina. Mi primera elección recayó sobre "Tinku", un tema tradicional boliviano, cantado en lengua quechua y que no pocos grupos musicales incluyen en su repertorio en nuestros días. Grande fue mi sorpresa cuando no encontré ninguna trasliteración de tal letra. Miento: encontré unas cuantas en Internet. Pero todas ellas parecían repetir lo que algún bienintencionado anotó en alguna página de la web. Se trataba, por decirlo amablemente, de un amasijo de "palabras" "quechuas" intraducibles y sin ningún sentido.

Decidí rastrear las fuentes originales de la canción y descubrí que, allá por la década de los 70, el famoso y recordado cantautor chileno Víctor Jara fue el primero en grabarla (y, por ende, en "salvarla del olvido"). Probablemente Jara la escuchara de boca de algún músico boliviano. El caso es que, desconocedor de la lengua quechua como era, el insigne chileno repitió lo que oyó sin molestarse siquiera en preguntar que significaban aquellas estrofas.

Pocos años después, el (también famoso y también chileno) grupo Inti-Illimani incluyó "Tinku" en su primer disco dedicado a la música andina. Y aquí comenzó una cadena desafortunada: Inti-Illimani repitió lo que cantaba Víctor Jara... según ellos lo entendieron. Donde Jara decía "Chisi" (Esta noche), Inti-Illimani dijo "Sisi" (hormiga) y así sucesivamente. Pueden ustedes imaginar el monumental despiplume que se armó. Pero nadie pareció molestarse en preguntar qué diablos significaba toda aquella jerigonza en alguna "lengua india". El ritmo era agradable, la canción era pegadiza y eso bastaba.

Los cancioneros de la época incluyeron "Tinku" entre sus letras. Y la trascribieron tal cual sonaba. Así la fueron aprendiendo, generación tras generación, varias hornadas de jóvenes músicos andinos, que salieron por los escenarios del mundo a popularizar aquella tonada potosina de origen anónimo y significado críptico. Cada vez más críptico, a decir verdad, pues cada uno fue interpretándolo arreglo a su paladar. Y los públicos, las audiencias internacionales, hicieron lo propio.

Con el surgimiento de Internet aparecieron esos sitios en los cuales se postean letras de canciones. Y entre ellas estaba "Tinku". Para ese entonces ya la confusión había alcanzado límites supremos. Pero lo peor ocurrió cuando algunas "autoridades de la lengua quechua" decidieron traducir la canción... a partir de los despojos ininteligibles que encontraron en esos cancioneros en línea. Así, los músicos andinos nos enteramos de que, al parecer, las hormigas se emborrachan junto a culos viejos (¿!?) y que la hermanita de alguien quiere matar a un fulano indeterminado.

Nadie preguntó. Nadie dudó. Nadie revisó. Y el error se convirtió en una bola de nieve que fue creciendo gracias a los enormes granos de arena aportados por todos.

¿Buscamos paralelos en las noticias erróneas que nos pregonan los informativos cada noche y que luego otros comentan y otros tergiversan y otros aumentan hasta convertir el suceso original en algo que jamás ocurrió? ¿O en los artículos científicos que perpetúan imbecilidades sin que a nadie se le ocurra echar mano del tan renombrado y poco usado "método científico", que dicta a cualquiera que se tenga precisamente por "científico" que lo primero que debe hacer es poner en duda a las autoridades y a los trabajos previos, y comprobarlos? ¿O en las leyendas urbanas, que de golpe y porrazo surgen y se convierten en realidades alternativas? ¿O en los mitos antropológicos, sociológicos, psicológicos y artísticos, aparecidos quién sabe de dónde y cuestionados por nadie?

A veces es bueno dudar. Tomarse un momento, preguntarse de dónde viene lo que tenemos entre manos, quién lo dijo, por qué, en qué se basó... Y, tras eso, seguir adelante. No sólo evitaremos cadenas de errores como la del "Tinku" (una mera anécdota tonta, puesta al lado de otras cadenas de errores realmente graves), sino que aprenderemos a ser un poco más críticos en este mundo moderno en el que parece que lo que prima es tragar sin masticar y defecar sin digerir.

PD. Mi aventura con el "Tinku" terminó pronto. Trascribí la letra que cantaba Víctor Jara en su grabación original y, frase a frase, comencé a reconstruir cómo pudieron haber sonado esas palabras originalmente, teniendo en cuenta los vicios de los castellano-hablantes cuando pronunciamos el quechua. Luego eché mano de diccionarios y gramáticas, buscando todas las variaciones dialectales y las traducciones posibles. Pude reconstruir completamente una estrofa en su lengua original y esbozar las otras dos, brindando una traducción aproximada que, de alguna forma, tiene sentido. Pero al final de mi trabajo entendí que el daño ya estaba hecho, que era muy grande y que sólo me quedaba proponer posibilidades.

Lo que alguna vez fue la letra del "Tinku", lo que decía o quería decir, lo sabrán sus pretéritos autores y, quizás, algún músico quechua potosino, de esos que no acostumbran postear letras en Internet porque maldita la falta que le hace.