22.6.10

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Por Edgardo Civallero

En uno de esos ratos que a veces le dedico a la televisión los fines de semana, me tropecé –prácticamente sin querer- con algo que provocó que no continuara con mi habitual e impertérrito zapping.

Se trataba de "Semillas esclavas" (ver el video), un reportaje del programa "Crónicas" (TVE2) dedicado a cultivos transgénicos y bancos de conservación de germoplasma.

En esos "bancos" (palabra devaluada donde las haya) se conservan semillas de plantas que corren el riesgo de desaparecer. En realidad, lo que se conserva es el material genético en forma de semillas, pero también de bulbos, propágulos o cualquier otra forma conveniente. Se eligen los mejores ejemplares, se clasifican y limpian, se envasan y se congelan.

En un primer momento pensé que se trataría solamente de formas vegetales extrañas, raras o poco conocidas. Pero no. No se trata solamente de ellas. Hoy por hoy, se están guardando en esa especie de "bibliotecas de vida" los gérmenes congelados de especies que hasta hace veinte años eran cultivadas o cuidadas en Europa y América. Plantas que antaño fueron comunes y corrientes: frutales, legumbres, flores, árboles... Muchas de ellas fueron abandonadas porque ya no conviene sembrarlas. Porque ahora las semillas que venden las grandes compañías (como Monsanto) son superpoderosas, megaresistentes, hiperproductivas, diseñadas para sanar enfermedades y paliar el hambre mundial. Lo más conveniente. Lo que más beneficios genera. ¿Para qué cuidar de cultivos de antaño, por ancestrales y útiles que fueran, si ahora la tecnología genética se ha ocupado de solucionarnos la vida?

Pocos sospechan que, en realidad, la única vida que solucionan esas compañías es la propia. Y los agricultores, ganaderos y consumidores que entienden la jugada y protestan, se quejan o emprenden sus propios caminos son tildados de locos.

Pero volvamos al principio. ¿Pueden concebir algo más triste, más patético, más desesperanzador que ver una "biblioteca de semillas"? ¿No les parece un intento de rescatar algo que en realidad debería estar vivo y no congelado, brotando de la tierra y llenando de flores y frutos nuestros campos y no envasado al vacío en un estante? ¿Qué seguirá? ¿Un banco de semen y óvulos de caballos, vacas, ovejas y cabras, animales que ya no vamos a "necesitar"? ¿Un banco de huevos congelados de palomas y gorriones, "plagas" de nuestras ciudades? ¿O quizás un banco de ADN de indígenas, campesinos e intelectuales, "especies" en claro peligro de extinción?

Los científicos explicaban, en el reportaje, que si algún día llegamos a "necesitar" nuevamente de las plantas criogenizadas, seremos capaces de revivirlas. Pero siempre que haya alguna utilidad.

Y yo me preguntaba si no es útil que cada vez que salga a caminar por el campo pueda encontrar más de 300 tipos de flores silvestres distintas, y 40 trinos de pájaros diferentes, y medio centenar de árboles, y dos docenas de huellas de animales y otros tantos vuelos de mariposas diversas. Pero parece que yo no sé nada ni de bancos ni de utilidades, y que mis pensamientos son meras utopías y ensoñaciones. Parece que nada entiendo de lo que le conviene a este mundo del que parezco ser un mero "habitante invitado". Parece que las flores silvestres que me gustan son "cizaña", que las mariposas con "plagas" y los animales, "alimañas" y, por ende, no los necesitamos aquí. Parece ser que los caminos que debemos transitar pasan por tener un par de animales y otro de plantas que nos solucionen la comida de cada día y ya está. Animales y plantas patentados por compañías multinacionales que, contra toda ética, se llenarán de dinero a costa nuestra y en perjuicio de la naturaleza y de las siguientes generaciones. Generaciones que no sabrán lo que es un tomate de verdad, o como nace una de las 3.000 variedades de papa (como las de las foto de arriba), o los distintos colores que pueden tener los granos del maíz original (y no de la basura transgénica que hoy, aún sin saberlo, comemos).

Al terminar el reportaje, recordé las conversaciones de muchos viejitos castellanos que viven en mi pueblo, y como todavía se acuerdan de las plantas que sembraban en las montañas (plantas desaparecidas) y de sus rebaños de ovejas (desaparecidos), y de los bosques de robles y fresnos que talaban para hacer carbón (casi desaparecidos) y de las labores del campo, y de las palabras y los utensilios asociados, y de tantas, tantas otras cosas.

Y me dije que me ha tocado vivir un tiempo de empobrecimiento, de pérdidas insensatas, de búsqueda del "progreso" a cualquier precio. Que hay plantas que ya no voy a poder ver, y semillas que no voy a cocinar, y frutas que jamás podré volver a probar. Y que cada vez que salgo a andar por los caminos, me estoy cruzando con una enorme lista de "últimos": el último roble, el último acebo, la última nueza, el último espárrago de lupia...

Y les confieso que es desolador decirles adiós y saber que, tras el invierno, quizás no los vuelva a ver. Quizás no los vuelva a encontrar nunca, y me tenga que conformar con ver sus semillas congeladas en un banco de germoplasma.

Imagen de SolCAP Project.