29.6.10

De tahúres y otras hierbas


Por Sara Plaza

En la entrada anterior, Edgardo escribía sobre biodiversidad, alimentos genéticamente modificados y bancos de semillas, auténticas bibliotecas de vida en suspenso, de cosechas y bosques dormidos, de un presente que estamos echando en el olvido y un pasado, no tan lejano, que hoy nos parece ajeno.

Durante algún tiempo escuché a mi madre decir que había nacido demasiado temprano, que ya era grande cuando le alcanzó el progreso, que se iba a perder no sé cuántas cosas que mejorarían nuestras vidas... Curiosamente yo tengo la sensación contraria. En ocasiones pienso que he nacido tarde, que el progreso nos ha pasado por encima y ha enterrado nuestra creatividad y que entre las no sé cuántas cosas que iban a mejorar nuestras vidas hay muchas, muchísimas que están acabando con ella. Me pasa cada vez que observo todo lo que estamos perdiendo, todo lo que estamos dejando morir, todo lo que estamos matando.

En mi pueblo ya solo hay un pastor, la mayoría de las huertas están cubiertas de maleza y sus paredes de piedra se han desmoronado, apenas quedan un puñado de nogales, los pequeños cauces a uno u otro lado del camino y las pozas que recuerdo haber limpiado con mi abuelo para que corriese el agua están secas, la alfombra de jaras, cantuesos y retamas que cubría las faldas de estas montañas está raída y polvorienta, los arroyos dejan de correr en el mes de junio, las amapolas se marchitan apenas nacidas y tengo que aguzar mucho la vista para encontrar las flores de manzanilla.

Por eso parece un milagro que todavía el campo huela a tomillo y mejorana en esta época del año, que las rosas alegren numerosos patios y jardines y que en los balcones haya macetas llenitas de geranios. Y también el hecho de que mi padre aún conserve un pedacito de tierra que heredó de mi abuelo, y continúe trabajando en la huerta y cuidando de los guindos. Sus hijas y su nieta tenemos la suerte de poder ayudarlo a enredar los hilos de las judías, de robarle los primeros fresones, de acariciar las fragantes hojas de los tomates y de regar los frambuesos y cosechar sus frutos para hacer mermelada allá por el mes de septiembre.

Tanto mi abuelo como mi padre me enseñaron a andar por los caminos, a subirme a las piedras, a beber de los manantiales, a buscar setas y espárragos y a cortar las corujas, esas pequeñas plantas acuáticas que comemos en ensalada durante la primavera. Y con Edgardo he aprendido a recolectar algunas hierbas, algunas flores y algunas bayas con las que hacemos frente a los resfríos invernales y algunos malestares. Ambos tenemos a nuestro cargo un puñadito de bonsáis de uno y otro lado del Atlántico, una pequeña huerta en macetas y unos hermosos tiestos con flores.

Quizás sólo se trate de un insignificante acto de rebeldía, de inconformismo si se quiere, pero esta pequeña huerta en casa y la colaboración en la familiar, nos han dado la oportunidad de conocer de cerca sus distintas realidades, sus problemas (cada vez es más difícil conseguir el abono natural, el agua empieza a ser escasa, los ratones y los topos se comen buena parte de la cosecha, hay que curar a los frutales, evitar que las hormigas den buena cuenta de las lechugas, que el mildeu arruine el orégano), algunas soluciones (acudir a las dehesas del pueblo donde aún pastan vacas del terreno, riego por goteo, viejas trampas, purín de ortigas, té de flores de lavanda, solución de bicarbonato sódico), el tiempo y el mucho esfuerzo que requieren, lo difícil que es hacer un surco derecho, lo importante que es no pisar demasiado la tierra entre uno y otro, los distintos modos de sembrar en ellos según se trate de tal o cual cosa, cómo se arrastra la tierra y se rebaja su altura para mantener el tempero, cómo se los vuelve a cavar una vez que han nacido las plantas, etc.

Sé que la soberanía alimenticia es algo mucho más grande y complejo que unas cuantas macetas y un trozo de tierra chiquito en la falda de la montaña, pero gracias a ellos hemos comprendido el valor de un montón de cosas y estamos siendo mucho más coherentes con los nuestros.

"Con la comida no se juega" fue algo que me enseñaron cuando era muy pequeña y que enseguida entendí. Pero tengo mis serias dudas de si algo tan sencillo de comprender les fue explicado a quienes diseñan y ponen en práctica políticas alimenticias que matan de hambre a millones de personas y enferman a otros tantos. Quizás sufrieron problemas de atención cuando eran más jóvenes y ahora de grandes la enfocan, única y exclusivamente, hacia sus propios bolsillos. Tras varios experimentos han descubierto que, de momento, la forma más rentable de aumentar sus beneficios es convertir nuestra alimentación en bolsas de ayuda humanitaria en una parte del mundo, y en combinados de, por ejemplo, ácidos oleicos, omega3, sustancias antimicrobianas y lactobacillus acidophilus en, en la otra.

Su juego es perverso y ellos son unos fulleros.

Ellos lo saben y nosotros lo sabemos.

No podemos dejarlos ganar.

Imagen. "Los jugadores de cartas" de Paul Cézanne