1.6.10

"Si Dios no los hubiese querido trasquilados...

Si Dios no los hubiese querido trasquilados

... no los hubiese hecho borregos."(1)

Por Sara Plaza

Cuando hace un par de semanas, viendo ese clásico del western que es "Los siete magníficos", escuché a uno de sus personajes pronunciar la frase que encabeza esta entrada, en alusión a los campesinos de un pequeño pueblo mexicano cerca de la frontera con Estados Unidos, corrí rápidamente a buscar papel y lápiz para no olvidarla. Resumía tan bien lo que deben pensar de sus ciudadanos los gobiernos de muchos países...

Exactamente lo mismo que deben opinar los banqueros que especulan con sus ahorros e intereses hipotecarios; los empresarios empecinados en flexibilizar el mercado laboral abaratando su despido y deteriorando sus condiciones de trabajo; los directores de esa obra que lleva años en cartel bajo el título de mercado financiero; los consultores que maquillan la deuda pública de un país; los dirigentes que apuestan por incrementar el gasto militar y recortan sin miramientos las partidas de educación y sanidad públicas hasta servírselas en bandeja al mejor postor privado; los dueños de las multinacionales que nos abastecen de nutrientes y drogas, para quienes el hambre y la enfermedad ofrecen un pingüe beneficio; y un largo, larguísimo etcétera de lobos que tienen acorralado a un ingente rebaño en estado de shock.

La autora canadiense Naomi Klein identificó a unos cuantos miembros honoríficos de esa jauría en su libro "La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre"(2), y denunció algunas de sus más destacadas argucias:

Si Walter Wriston, gerente de Citibank e íntimo amigo de Friedman, se hubiera atrevido a decir que el salario mínimo y los impuestos a las empresas deberían abolirse, le hubieran acusado al instante de ser un explotador. Y ahí es donde entró en juego la Escuela de Chicago. Pronto quedó claro que cuando Friedman, que era un matemático brillante y un hábil orador, afirmaba exactamente esas mismas cosas, éstas adquirían un cariz muy distinto. Puede que se rechazaran como equivocadas, pero quedaban imbuidas de un aura de imparcialidad científica. El efecto enormemente beneficioso de hacer que las posiciones de las empresas fueran presentadas en boca de instituciones académicas o cuasi académicas hizo que llovieran donaciones sobre la Escuela de Chicago pero además, en muy poco tiempo, dio a luz a una red global de think tanks de derechas que darían cobijo a los soldados de a pie de la contrarrevolución en todo el mundo.

Pascual Serrano, autor del libro "Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo" afirmaba en una entrevista realizada por Attac.tv que:

La jugada con la información económica es presentarla como ciencia ¿no?, es decir como algo infalible, como algo neutral, como si fueran matemáticas (...) En teoría eso es lo que quieren con toda la información: presentarnos toda la información como aséptica, como neutral, como objetiva. En algunas cuestiones es difícil, evidentemente, convencernos, pero precisamente en la economía lo tienen muy fácil ¿no?, es decir son números, son datos, son cifras, entonces podrían hacernos pensar que no existe ideología ni opinión cuando se está informando sobre economía, lo cual no es verdad (...) Yo creo que la gran farsa de la información económica es presentarla como ciencia indiscutible e imparcial, y no (...) La economía, evidentemente, debería de estar condicionada a principios, a valores y a prioridades (...) La economía no son números, la economía es decidir si quieres dedicar el dinero a hacer aviones militares o a hacer hospitales.

Parece estar bastante claro que los lobos se valen de think tanks, mentiras y medios desinformadores para controlar y mantener en estado de shock a los corderos, evitando así que lleguen a conclusiones como las expuestas en las líneas anteriores.

En una de las entradas de su blog del mes de mayo, el periodista Ignacio Escolar escribía que:

También son de carne y hueso los mercados, por lejanos que parezcan. [...] Los especuladores son bancos. O, mejor dicho, los especuladores son banqueros: humanos que nunca se aprietan el cinturón, pues visten tirantes. Son esos mismos banqueros a los que los gobernantes salvaron de sus errores con océanos de dinero porque tenían rehenes: todos los ciudadanos. Son esos mismos banqueros que ahora están aprovechando la crisis creada por su avaricia para hundirnos todavía más, especulando, con el mismo dinero público que les salvó, contra la misma deuda pública que provocaron.

Pero el error no es suyo. El error es nuestro, pues somos nosotros, los ciudadanos, quienes lo consentimos. ¿O es que ya no somos libres?

No sé qué decir. Quizás no seamos tan libres como pensábamos, pero desde luego deberíamos demostrar que no somos tan ignorantes como nos creen.

(1) Frase que pronuncia el forajido Calvera (Eli Wallach) en la película "Los siete magníficos" (The Magnificent Seven), dirigida por John Sturges en 1960.

(2) Klein, Naomi. La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Paidós, 1ra. Ed. Argentina. 2008. pp 92 y 93.

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