3.5.10

Por el bien de la ciencia

Por el bien de la ciencia

Por Sara Plaza

Una buena amiga de Estados Unidos, bibliotecaria durante muchos años, trotamundos desde hace algunos meses, nos hizo llegar por correo el ejemplar de la revista High Country News del 23 de noviembre de 2009. Estaba interesada en que Edgardo y yo echásemos un vistazo a uno de los artículos que aparecían en su interior bajo el título The Lost Art of Listening (El arte perdido de escuchar).

Su autora, Emily Underwood, relata lo difícil que les resulta a los Arapaho del norte mantener viva su lengua, los problemas que encuentran los docentes a la hora de enseñarla y los numerosos obstáculos con que se topan los estudiantes cuando quieren hablarla. A este respecto, las opiniones de los lingüistas son muy dispares, y a esta falta de acuerdo se suman las críticas de los activistas. Lo único en lo que ambos parecen estar de acuerdo es en el hecho de que la llave para la supervivencia de la lengua Arapaho la tienen los jóvenes, pues el quid de la cuestión radica en el papel que ellos otorguen a esta lengua en peligro de desaparición.

Sin embargo, no podemos olvidar que los jóvenes pertenecen a una sociedad y es ésta la que privilegia o condena el uso de unas lenguas frente a otras. Tampoco hay que olvidar, como muy bien señala en el mencionado artículo el profesor de antropología y estudios sobre nativos americanos de la Universidad de Montana, Stephen Neyooxet Greymorning, que es extremadamente complicado conseguir financiación pública para arrancar tanto los programas de inmersión como los de aprendizaje avanzado en la lengua Arapaho. Este profesor se lamenta de que sean los académicos quienes lo tengan más fácil para lograr la financiación que necesitan cuando se trata de documentar la desaparición de las lenguas. En su opinión, este desequilibrio tiene mucho que ver con la aproximación occidental al tema de las lenguas en peligro, la cual se centra en extraer información de dichas lenguas única y exclusivamente por el bien de la ciencia, no por el de sus hablantes. Y con él coincide otro profesor de la Universidad de Tulsa, Richard Grounds, quien manifiesta que hoy en día conservar una lengua parece tener más que ver con "dejarla macerando en vinagre" ("pickling"), que con ayudar a que sobreviva en toda su complejidad.

A una conclusión muy similar habíamos llegado Edgardo y yo tiempo atrás, cuando nos dimos cuenta de que una lengua no es sólo un diccionario y una buena gramática junto con un puñado de grabaciones, así como tampoco creemos que sea un mero accidente geográfico según piensa el lingüista de la Universidad de Columbia, John McWhorter. A nosotros nos parece que una lengua modela nuestra manera de pensar, de interpretar y enfrentarnos al mundo, de relacionarnos y de desarrollarnos. Una lengua es algo así como una caja de herramientas fabulosa, en cuyo interior encontramos todo lo necesario para desempeñar nuestro oficio de artesanos de la palabra. Un oficio que tiene muchas escuelas y no pocos maestros, en el que siempre seremos aprendices y del que cada cual es protagonista.

Por eso, aunque la labor que desempeñan los archivos y museos para preservar nuestra memoria es encomiable, es una lástima que se dediquen más y mejores recursos a certificar la defunción de lo que un día fue la gran diversidad lingüística y cultural de nuestro planeta, que a cuidar y revitalizar el latido de las lenguas que a duras penas mantienen vivas sus cada vez más escasos hablantes.