27.4.10

Víctimas por siempre


Por Edgardo Civallero

Toda mi infancia la viví en un país con un destino urdido por los dedos largos y helados de una dictadura militar.

Pero yo, en mi inocencia de niño, estaba lejos de saberlo.

Notaba cierta tensión, cierto acartonamiento en el ambiente, eso sí. Que nos hicieran formar en mi escuela primaria con gritos y órdenes propios de un cuartel no era una buena señal. Tampoco lo eran ese apego casi enfermizo a los himnos y fiestas patrias, ni esos cantitos musitados como secretos entre los niños mayores, como "Paredón, paredón / a todos los milicos que vendieron la nación".

Fuera del ámbito escolar, la cosa no era muy distinta. Todavía recuerdo con escalofríos los informes que la Junta Militar emitía por radio y televisión (¡aquella TV en blanco y negro!), aunque no sabría decir por qué ayer y hoy esas voces siempre me han dado pánico. También evoco con facilidad las decenas de carteles pegados en algunas chapas de la Avenida del Libertador de Buenos Aires, con rostros en blanco y negro que me miraban desde el papel y que, según sabría años después, pertenecían a desaparecidos. O aquellas curiosas mujeres con pañuelos blancos atados a la cabeza y desfilando eterna y mudamente en Plaza de Mayo.

Luego, y justo cuando comenzaba la recuperación democrática en mi tierra, yo emigré. A España.

Aquí, en este país que me acogió como a uno más con los brazos abiertos, me enteré de las verdades de Argentina: de las cosas que se habían hecho, de todo lo que había ocurrido, de las mentiras que se habían dicho, de los engaños miserables que se habían perpetrado... Me enteré de todo y más. Aprendí a decir "picana" y "patota", y cómo funcionaban los "vuelos de la muerte", y cómo se torturaba... Pero no sólo eso. Supe también los escabrosos detalles de una guerra por unas islas perdidas en el Atlántico Sur por las que dieron la vida muchos jóvenes que no sabían siquiera alzar un fusil, una contienda que yo viví con mucha desinformación, pero sobre todo con odio y con terror... Pues ¿cómo olvidar los ejercicios de apagones en Buenos Aires, por si los malditos cazas y bombarderos ingleses decidían arrasar la capital, y las sirenas ululando, y mis ojos abiertos de espanto asomados por los entresijos de las persianas de madera de nuestro departamento para contemplar una ciudad en tinieblas?

Me pusieron al corriente de todo eso, sí. Aprendí, con pelos y señales, la historia argentina más reciente. Me enteré de toda la crueldad, de todo ese horror que nos hacía parecer unos salvajes incivilizados ante el mundo. Y lo supe en España.

Lo curioso es que de la historia española más reciente aprendí bastante poco.

Con el paso de los años, ya hecho un adolescente que rumbeaba esperanzadamente hacia la juventud, comencé a oír algunas "leyendas urbanas". Narraciones susurradas como esas canciones que había oído de niño y que reclamaban paredón para algunos milicos. Eran cuentos que referían que en mi isla, Gran Canaria, las fuerzas de seguridad franquistas habían arrojado a detenidos opositores a la "Sima de Jinámar", una especie de tubería volcánica cuyo fondo conectaba con el mar. Se decía que sólo unos pocos cadáveres podían ser recuperados cuando la "Sima" finalmente decidía escupirlos y la marea los arrojaba, destrozados y comidos por los peces, a alguna playa.

Pero para aquella misma época yo descubría la canción-protesta sudamericana (Quilapayún, Inti-Illimani, Illapu...), las primeras películas que hablaban de torturas en Argentina, el informe "Nunca más" sobre desaparecidos, las Madres de Plaza de Mayo, los escritos de nuestros poetas y literatos, las entrevistas a los exiliados que empezaban a abrir la boca... ¿Cómo iba a preocuparme por la historia española, prácticamente ajena a mis sentidos, si todo eso me golpeaba las sienes y la conciencia un día sí y otro también?

Pasaron los años. Volví a Argentina, y allí encontré una sociedad con muchas heridas que, más mal que bien, comenzaba a intentar sanarlas. Algunos decidieron olvidar y pasar página, otros quisieron recordar o aprender, y las víctimas de los verdugos reclamaron sus derechos. El proceso fue complejo, pero a la larga los "años de plomo" (el periodo de la dictadura: los siete años de 1976 a 1983) se fueron aclarando, describiendo, registrando, investigando. Aparecieron hijos y nietos, se abrieron fosas, se juzgaron criminales... No sólo lo pedía nuestra sociedad: el mundo lo reclamaba. Los argentinos (y tantos otros latinoamericanos que soportaron historias paralelas similares) no podíamos quedarnos de brazos cruzados ante la barbarie y la ignominia que habíamos vivido. Debíamos encarcelar a los culpables, sanar a los inocentes y recuperar nuestra memoria histórica. Para que ese horror jamás volviera a repetirse.

Así lo pedíamos. Así nos lo pedían.

Lo hicimos. O lo intentamos. Y, si bien hubo y hay muchos dolores, muchos problemas y muchos disturbios, hemos logrado numerosos avances y un puñado de éxitos. De hecho, hoy yo estoy escribiendo aquí mismo sobre esos dolores viejos de mi país, que en cierta (y microscópica) forma fueron los míos. Y lo hago sin remordimiento, sin problemas, sin vergüenza...

Pasaron más años aún. Y fue cuando volví a España nuevamente, hace poco, cuando supe que en estas tierras, durante la dictadura (porque dictadura había sido el gobierno de Francisco Franco) hubo asesinatos políticos, encarcelamientos sin juicio, campos de concentración y de trabajos forzados, censura, desaparecidos... Y no fueron siete años, como en Argentina. Ni diez. Ni siquiera veinte... Fueron más de treinta años.

Más de tres décadas de un régimen oprobioso.

Y fue entonces cuando recordé las "leyendas urbanas" (que no resultaron ser tales) de la "Sima de Jinámar", y tantas otras que había oído sin entender, pero que ahora cobraban significado.

Lo más curioso es que, si bien el cine y la literatura española hablan sobre el periodo de la guerra civil, pocos hablan sobre lo que sucedió aquí durante la dictadura franquista. Pocos quieren recordar la barbarie y la ignominia de aquí, pocos quieren nombrarlas, como si hablar de ellas equivaliera a revivirlas, o como si cada cual cargara un fardo de culpas que no quisiera ver desvelada. Como si aceptar que todo eso ocurrió aquí equivaliera al desprestigio del país, a ponerlo al nivel de esas naciones del Tercer Mundo en la que tales bestialidades suceden. O como si a nadie le importara lo que ocurrió, y fuera más fácil señalar el dolor de otros, y condenarlo, y juzgarlo incluso, y pedir responsabilidades, y entrevistar a las víctimas, y...

Lo de fuera, sí. Pero lo de aquí no. Esto no se recuerda. Esto no se dice, esto no se toca, como decía Serrat. Aunque los herederos de las víctimas españolas clamen y lloren. Aunque muchos españoles piensen que la memoria debe ser restaurada, y la historia rescrita. Aunque sepan que los criminales siguen entre nosotros, y que los medios les dan tiempo en los noticieros, y que muchos les besan las manos...

Allá, en donde nací, algunas heridas se están cerrando. Unos pocos verdugos están pagando sus culpas. Y quiero suponer que muchos caídos descansan en paz.

Aquí, en donde vivo, parece que las víctimas lo serán por siempre.

Imagen tomada de taringa.net.