20.4.10

No pasó nada

No pasó nada

Por Sara Plaza

Aquella frase se acurrucó en mi almohada durante noches enteras. Cada vez que trataba de saber un poco más, cada vez que le interrogaba sobre la Guerra Civil y no me respondía yo le preguntaba lo mismo.

— ¿Me has oído, abuelo?

— Te he oído, sí.

Pero se quedaba callado. En ese momento yo aún no me daba por vencida.

— No te entiendo, abuelo, ¿porqué no me quieres contestar?, ¿porqué no me cuentas lo que pasó?

— Porque no pasó nada.

Entonces sí, asumía mi derrota.

Mi madre me decía que no debía insistir más, que el abuelo no quería recordar aquel episodio, y que yo tenía que respetar su decisión. Esa decisión la había tomado antes de que yo naciera y no la abandonó mientras estuvo vivo. Jamás obtuve respuestas de su boca, jamás la abrió para brindarme una explicación de lo ocurrido.

— No tienes razón —me regañaba mi madre cuando yo protestaba porque el abuelo estaba empeñado en dejarme en la más absoluta ignorancia.

— ¿Ah, no?, ¿y cómo llamas tú a no tener ni idea de lo que le sucedió cuando estuvo en el frente?, ¿de lo que vivió en el campo de concentración en Francia?, ¿de por qué regresó?, ¿de por qué enmudeció y se convirtió en un anciano de la noche a la mañana?

No, claro que yo no tenía razón, pero como tampoco creía estar equivocada volvía a la carga una y otra vez. Hasta que refugié mi curiosidad en la lectura. Fue para romper el silencio, para hallar el rastro de mi abuelo después de la batalla del Ebro, para seguir las huellas de mi abuela con mi tío en brazos, buscando un mendrugo de pan por todo Madrid. Al pasar las páginas los veía arrastrando su hambre y su miseria, el uno acuclillado entre las piedras, la otra manteniéndose en pie a duras penas.

Fue porque su memoria estaba prisionera. Por eso acudí a las conversaciones de los libros de historia, a la literatura, a los discursos de entonces y a las palabras bajo sospecha de siempre. Y descubrí con enojo que en ellos también había demasiados espacios en blanco, demasiadas líneas vacías. Pronto me di cuenta de que existía un nuevo lenguaje con el que difícilmente íbamos a poder reconocer a las personas y las cosas que nombraron nuestros abuelos. Un lenguaje que iba a llenar de sombras la mirada del pasado. Un pasado que seguiría clavándonos las pupilas en la espalda mientras nos esforzásemos en querer olvidarlo.

Al cabo de todas aquellas lecturas decidí que quizás, que tal vez sería buena idea intentar escribir algo yo misma. Si faltaba tanto por contar, si aún quedaba mucho que decir, ¿por qué no denunciar ese vacío? ¿Por qué dejar que la Historia barriera todo rastro de la historia de los míos, mi propia historia? Afuera llovía la tarde que agarré una hoja en blanco y con un lápiz recién afilado fui anotando todas las evasivas que me ofreció mi abuelo a lo largo de los años. Algunas tan sobrias y contundentes como aquella con la que iniciaba mi retirada siendo niña. No llegué muy lejos.

Antes de la guerra

El cerco de pobreza que lo asfixiaba. El hambre que le roía las entrañas. Los agujeros en las abarcas. Una vida miserable. La certeza de un porvenir desgraciado. Una revolución en suspenso. La lucha de clases. Los discursos y las promesas de otros. Su propia ignorancia.

Durante la guerra

¿Qué pasó que no pasó nada?

Después de la guerra

El silencio. La ausencia de palabras. La falta de sonidos articulados por la garganta. Garganta que dejó de articular sonidos para limitarse a escupir, que en vez de tragar aire vomitaba el humo del tabaco de picadura. Tos ronca, lengua áspera, dientes amarillentos, labios resecos, agrietados, envilecidos por su mutismo.

La cabeza gacha. Inclinarse hacia la tierra. Caminar mirando al suelo. Encorvar el cuerpo y el ánimo hasta enterrarlos bajo el peso de la vergüenza. El andar cansino, fatigado. Arrastrando los pies. Lentamente, hundiéndose un poco más en aquellas trochas retorcidas y empinadas, cubriéndose de polvo, arrugándose y encogiéndose cada vez que apoyaba su bastón.

Las manos en los bolsillos. Rompiendo las costuras. Horadando la tela remendada. Inmovilizando los dedos, ocultando su temblor. Escondiendo sus huesos doloridos. Disimulando el frío, la derrota, la deserción de su única esperanza. La muerte.

Hoy

Fotos amarillentas. Cartas inacabadas. Recuerdos que se olvidan. Memoria sin asidero. Añicos de un pasado roto que no puedo volver a pegar.
Marchitadas flores que han perdido su sombra.

Imagen. Obra plástica de JJT titulada "Naturaleza muerta (jarrón con flores)".