1.3.10

Mundos al revés

Mundos al revés

Por Edgardo Civallero

Hace unos días me llegaron unas páginas escritas por un viejito (y esto lo digo cariñosamente) que compartía conmigo y con Sara las reflexiones que le quedaban tras sus largos años de vida. Permítanme compartir con ustedes un pequeño fragmento:

Solo sé que nada sé; que cuánto más creo, menos fe tengo; cuánto más me hablan, menos me dicen; y cuánto más escucho, menos comprendo.

Dejando al margen la inicial cita socrática, no pude dejar de sonreírme cuando leí las otras tres afirmaciones, en especial la última. Porque coincido con ella totalmente.

Más escucho y más me parece que se están riendo de mí, que me están «tomando por boludo», como diríamos en mi tierra muy castizamente. O que el mundo se dio vuelta hace unos años y yo ni me enteré, y lo que era blanco ahora es negro, lo que era izquierda (en todos los sentidos del término) ahora es derecha, lo que era arriba, ahora es abajo, lo que era correcto ahora no lo es y lo que estaba bien, ahora está mal.

¿No han tenido ustedes esa sensación últimamente?

Leo el periódico madrileño "El País" y me encuentro con imágenes y descripciones de mi continente natal que, después de haberlo atravesado de punta a punta, no reconozco. Esos periodistas, supuestos informadores y creadores de opinión, parecen contar lo que se les antoja, o lo que desean para lograr no sé qué propósitos. Consulto otros diarios, no vaya a ser que mi elección no hubiera sido la correcta, pero es igual: obtengo el mismo resultado. Hace unos días, sin ir más allá, me encuentro con la noticia de un preso cubano fallecido tras una huelga de hambre y elevado a la categoría de mártir por ciertos sectores, y a los presidentes de varios gobiernos euro-americanos alzando su voz en contra de las violaciones de derechos humanos en Cuba. Aclararé, antes de seguir, que no soy ni afín ni contrario al gobierno cubano porque, después de tantos años, no sé realmente qué es lo que pasa en la isla, y ya no quiero hablar de oídas. Sin embargo, me parece una hipocresía que esos medios euro-americanos se ensañen con el régimen castrista y no profundicen en las matanzas de civiles, las cárceles secretas, las torturas y violaciones de derechos humanos documentadas con fotos y videos, las detenciones injustificadas, los encarcelamientos por años sin juicio previo, los discursos desfachatados en pro de la guerra preventiva, la miseria que conviene a unos pocos y se perpetúa en naciones desposeídas... El gran buitre del Norte puede campear a sus anchas, y los gavilanes que lo acompañan en su vuelo aplauden cada una de sus ocurrencias y acciones como si fueran geniales, salvadoras, sublimes... De eso no hablan los medios. O, al menos, los que tienen el poder para crear opinión. De eso no se discute en los bares. De eso no dan cuenta los noticieros.

Enciendo la televisión y me encuentro con esos mismos noticieros, que me hablan del clima, de los insultos en el Congreso, de los tira-y-afloja de los partidos políticos, de las declaraciones... Nadie habla de los sistemas de salud públicos que se están privatizando a manos de poderosas compañías farmacéuticas; ni de todas las ancestrales variedades de maíz mexicano cayendo ante la planta transgénica con la que pronto nos alimentarán a todos y se enriquecerán unos pocos; ni de las patentes de especies vegetales y animales que no deberían "pertenecer" a nadie; ni de una educación que cada vez educa menos; ni de una tecnología que cada vez atonta más; ni de grandes figuras políticas que perdieron las pocas neuronas que tenían en algún rincón y claman como verdaderos profetas bíblicos, recibiendo la atención de los periodistas; ni de un planeta que se está yendo al infierno porque corregir lo que lo está enfermando no conviene... No me explican donde están los banqueros facinerosos por cuya culpa acabamos de soportar una crisis, ni por qué se los ayudó con dineros públicos a salir de un bache que ellos mismos habían causado con su codicia, ni por qué la justicia dejó de ser justa y los criminales andan libres por nuestras aceras, ni porqué pago con mis impuestos cientos de cosas que no quiero apoyar, ni porqué la cultura parece ser el negocio de unos pocos iluminados y los demás somos unos pobres giles. O unos pringados, como se diría en España.

Dejo todo eso de lado, porque cada vez entiendo menos, y me pongo a trabajar en algo que tenga que ver con las bibliotecas, mi eterno refugio. Al menos, pienso, ese reducto quedará a salvo de tanta podredumbre. Pero me equivoco. El universo bibliotecario parece haberse puesto a girar en torno a lo digital, a las bases de datos internacionales, a los portales web, al Facebook y el Twitter. Pero... ¿quién habla de los bibliotecarios públicos españoles, que se las ven y se las desean para mantener un servicio decente? ¿Quién de sus colegas del otro lado del océano, que continúan su eterna lucha al pie del cañón, sin más ayuda que sus dos manos y la solidaridad que todavía los une, y soportando a veces una brecha digital y social injusta? ¿Quién denuncia a las publicaciones académicas, las dueñas de esas bases de datos tan loadas, que venden sus productos a miles de euros por suscripción pero no pagan ni a autores ni a revisores "porque para ellos debe ser un honor colaborar con ellas"? ¿Quién denuncia que saber usar una red social y sacarle provecho no basta para ser un buen bibliotecario, o un buen-lo-que-sea?

Los actos y los discursos que me llegan me muestran un mundo al revés, un mundo en el que "matar" es "luchar por la libertad" o "defenderse"; en el que "robar" es "invertir" o "especular"; en el que "los logros de los sindicatos de trabajadores" se venden al mejor postor porque ahora son "reliquias del siglo pasado"; en el que "negociar con la salud de otros a cualquier precio" se llama "sistema de salud privado"; en el que "país mancillado, saqueado y exprimido por las grandes potencias, al cual donaremos nuestra caridad muy mediáticamente" es un "país pobre, víctima de su atraso"; en el que "cultivo transgénico con serios peligros para la salud y el medio ambiente pero con grandes beneficios para una o dos corporaciones" es "la comida del futuro" y la "solución a la hambruna global"; en el que un "medio de información que no cuenta lo que las grandes multinacionales informativas quieren que se cuente, sino que va más allá y suma pluralidad y opiniones diversas" es "alternativo" o "conspiracionista" (o simplemente "basura informativa", "comunista", "anarquista" o "antisocial"); en el que "redes sociales que nos aíslan y coartan si basamos nuestra vida en ellas" es "la mejor forma de comunicarse"; y en el que... bueno, agreguen ustedes mismos.

Es un mundo al revés. O un mundo que están dando vuelta en nuestras mismas narices sin que nosotros hagamos nada por evitarlo, porque es más fácil creerse lo que nos echen y tirarse plácidamente a dormir la siesta repitiendo por lo bajo aquello de "Dios proveerá".

Es un mundo al revés, sí. Y como decía ese viejito al que cité al principio, cuánto más escucho, menos comprendo.

Imagen de Andrew G. Saffas para el San Francisco Chronicle. Tomada de cachefly.net.