30.3.10

La historia esta

La historia esta

Por Edgardo Civallero

Tomo prestado el título de esta entrada a una canción del argentino León Gieco (confiando en no sufrir demandas por violación de derechos de autor; la cosa, últimamente, está que arde). Quizás la hayan oído. Empieza diciendo:

¿Alguna vez sentiste en un espacio
de tu imaginación
el grito de los perdedores,
que es sordo y mudo
aunque griten juntos?

León habla, en su tema, de la historia argentina durante los "años de plomo". Pero lo que cuenta puede aplicarse a cualquier historia. Sea donde sea, se trate de quien se trate, la historia de los perdedores siempre es sorda y muda.

Porque para eso ellos son los perdedores. Y para eso los vencedores se dieron suficiente maña y aplicaron todo su poder a la hora de silenciar toda voz que no fuera la propia.

Al contrario de lo que pueda creerse, la historia de los vencidos no desaparece bajo el peso de la "oficial". Queda oculta, sí, y sumergida, pero allí sigue, repicando en las memorias, contándose en voz baja, porque no puede morir. Porque fueron muchos los que defendieron con sus vidas ciertas ideas, o un manojo de valores, o determinadas realidades. Y todo eso no puede desaparecer así como así. Está destinado a perdurar. Aunque sea en voz baja. Aunque sea en los rincones de nuestra cultura y de nuestro universo. Y a pesar de que algunos fragmentos, merced a las duras manos del tiempo, vayan quedándose tirados a la vera del camino.

Uno echa la vista hacia atrás y comienza a revisar el tránsito de la especie humana por el mundo, y se encuentra inexorablemente con tragedias sin parangón. Curioso, lee lo que se ha escrito sobre ellas: un cúmulo de razones y hechos medianamente fundamentados con los que se intenta explicar lo inexplicable: la crueldad, la masacre, el genocidio, la venganza, la injusticia, la barbarie. Y comienza a hacerse preguntas. "¿Qué pensaron los otros?", por ejemplo. "¿Qué pensaron, o que pensarán de todo esto que ha quedado escrito, que se enseña en nuestras escuelas? ¿Que opinarán de ello los vencidos, los que perdieron en el choque, los que fueron y son aplastados y vejados, los que soportaron y soportan la humillación y la vergüenza?".

Y uno comienza a revisar, y a preguntar(se), y a evaluar las fuentes de la "historia oficial". Y es entonces, justo entonces, ante tanto remover el pasado para buscar pistas, cuando se alzan las voces airadas, temerosas de que el statu quo se tambalee. Y comienzan las acusaciones: "revisionista", "rebelde", "inconformista", "demagogo", "anti-patriota", "charlatán" y algunas otras de peor jaez que prefiero no teclear aquí por eso de las buenas costumbres.

Cada vez que uno abre la boca para exponer dudas sobre lo que cuentan los manuales y compendios de historia, siente que atraviesa la famosa puerta dantesca en cuyo dintel se anunciaba: "Abandonad toda esperanza, vosotros los que entráis". Los dedos se alzan, las voces enronquecen de tanto alegar, la furia y la ira buscan que lo que ha sido tapado permanezca así.

Uno entonces argumenta para sí que cuando las razones que se dan son buenas, no hace falta defenderlas con códigos y acciones violentas. Y sospecha que cuando se protegen con rabia, cuando levantan ampollas, no son tan buenas como se dice y algo esconden.

Y continúa registrando, excavando, revisando. Hasta que da con lo que busca, oye la otra campana y descubre muchas cosas.

Entiende las desequilibradas pirámides sociales, basadas en mentiras y engaños tan viejos como la humanidad. Comprende los primeros, segundos, terceros y cuartos mundos como la herencia de un orden escrito por manos interesadas. Desvela reclamos nunca atendidos, acusaciones jamás aceptadas, crímenes que no recibieron ni recibirán castigo, etiquetas marcadas en la piel y perpetuadas por las mismas manos que las infligieron...

Y uno se da cuenta de que no interesa que las razones "oficiales", tan laboriosamente urdidas a lo largo de los siglos, proclamadas a los cuatro vientos por monumentos y documentos, sean movidas de donde están. Porque el mundo sería otro.

Sin embargo, somos muchos los inconformistas que rascamos la superficie de lo que nos enseñan y procuramos ir un poco más allá. Porque hemos aprendido que, como cantó León Gieco en "Mensajes del alma", "ningún dolor se siente mientras le toque al vecino". Quizás no podamos cambiar nada. Pero explorar lo que sintió "el otro", sea quien sea y esté en la posición que esté, puede ayudarnos a entender lo que realmente sucedió, no lo que quieren que creamos. Es un ejercicio difícil, doloroso a veces y que pocos están dispuestos a realizar. Porque destruye nuestra comodidad, nuestra estantería cuidadosamente armada y ordenada. Pero es necesario. Al menos, si queremos tener una idea más equilibrada del camino que venimos transitando en este escenario del mundo. Porque probablemente resulte ser el mismo que nos conducirá al futuro.

No se trata de "darle voz a los sin voz". Porque, por un lado, ellos ya la tienen. Otra cosa es que queramos oírla. Y porque, si a pesar de eso les "damos voz", lo haremos a conveniencia nuestra, o desde nuestro punto de vista. Y eso no sirve de nada.

Se trata simplemente de encontrar y escuchar esa voz y las historias que quieren contarnos. Y de hacerlo con ganas de aprender. Pueden descubrirse muchas cosas valiosas, tanto de nuestro pasado como de nuestro presente.
El final de la canción de Gieco es un excelente consejo:

Déjate atravesar por la realidad
y que ella grite en tu cabeza.
Porque es muy malo dejar pasar
por un costado
a la historia esta.

Imagen. Foto de pauldrummer, "Blablabla".