16.3.10

E-papel, e-tinta, e-lector, e-libro

E-papel, e-tinta, e-lector, e-libro

Por Edgardo Civallero

Desde un tiempo a esta parte, mi faceta de diseñador y editor me ha llevado a adentrarme en el universo de los e-books, los libros electrónicos; ésos que, a decir de algunas grandes compañías editoriales internacionales, sustituirán en un futuro cercano al formato tradicional en papel.

Si bien no estoy para nada convencido de tal afirmación, y a pesar de estar seguro de que el libro en papel jamás va a ser desplazado —ni siquiera por las manos de los llamados “nativos digitales”—, me interesa mucho conocer las características, posibilidades y falencias de los nuevos modelos electrónicos. A pesar de que no dispongo de un lector de e-books, y de que sigo trabajando en mi vieja y fiel computadora traída de Argentina.

Parte de lo que he aprendido va aquí.

Para los que desconozcan el propio concepto de e-book, vaya una aclaración. El término —abreviatura convencional de “electronic book”— se refiere, coloquialmente, tanto al aparato lector como al propio libro. Me explico: un e-book es un pequeño archivo electrónico, un fichero con diferentes y abundantes extensiones que equivale p.e. a un documento de Word o de cualquier otro programa. Es necesario, pues, un software o programa que lo abra, lo despliegue, nos lo muestre y permita que lo naveguemos y lo hojeemos. Por otra parte, también se llama e-book (erróneamente) a un tipo de aparato de tamaño y forma similares a un libro convencional, pantalla plana y “tinta electrónica”, que permite la visualización y el manejo de ese archivo a través del mencionado software. Éstos últimos se denominan, con mayor propiedad, e-reader o “lector electrónico”.

Espero que a estas alturas no se hayan perdido, porque todavía no empieza lo bueno.

Distintas empresas han sacado al mercado un número bastante amplio de e-readers, es decir, de aparatos lectores de e-books. Entre lo más conocidos y difundidos están los Readers PRS de Sony, el Papyre/BeBook de Hanlin, el Nook de Barnes & Noble, el Cybook de Booken, el iLiad de iRex y el Kindle de Amazon, entre muchos otros (para una lista bastante completa y actualizada, ver aquí). La principal característica de estos lectores radica, por un lado, en su supuesta portabilidad, y, por el otro, en su pantalla y en su “tinta electrónica” (e-ink), un formato de visualización que imita el brillo mate del papel natural y el contraste oscuro de la tinta, y que permite leer “cómodamente” bajo el brillo directo del sol o en la penumbra más absoluta. De esta forma, los e-readers marcan una diferencia con los monitores de computadora, fatigosos para lecturas sostenidas (o breves...). Hasta ahora, esa “tinta electrónica” y esa pantalla poseen poca resolución y funcionan únicamente en blanco y negro, con lo cual un libro para niños, por poner un ejemplo, o un álbum de fotos, serían bastante aburridos de ver en estos lectores.

Otra de las características de los e-readers es que permiten ampliar y reducir el tamaño de la letra, tal y como podemos hacer con el zoom en nuestros navegadores de Internet o de algunos procesadores de texto. Eso es posible porque la mayoría de los formatos de e-book están basados en una versión del lenguaje html. Pero a eso llegaremos después.

Dije ampliar la letra. En efecto, sólo eso podemos hacer, de momento. Hasta donde he podido comprobar, la ampliación de imágenes es bastante difícil, si no imposible, lo cual es otro punto en contra que deberá superarse en un futuro cercano.

Eso sí: los e-readers proveen un buen número de gadgets, como un índice lateral que permite saltar de capítulo en capítulo, o elementos que permiten marcar el texto, señalarlo y demás. Cachivaches no les faltan, lo prometo.

En realidad, cualquier aparato capaz de mostrar texto en una pantalla (computadores portátiles, iPhones, iPod, iPad, teléfonos celulares/móviles, etc.) pueden convertirse en un e-reader, especialmente si se los puede proveer del software adecuado. Pero, en sentido estricto, sólo los que poseen “tinta electrónica” pueden recibir tal apelativo.

Bien... Cada uno de estos e-readers posee un software especial que permite leer ciertos formatos de e-book. Pero... ¿qué pasa si tengo un e-book pero no tengo un e-reader, como es mi caso? Afortunadamente, varios de estos programas pueden instalarse en una computadora. La mayoría de ellos son de código abierto, descargables y de uso gratuito, y hacen su trabajo bastante bien. Algunas de esas piezas de software, además, permiten convertir e-books de un formato a otro, agregar metadatos y editarlos. Entre ellos destacan Calibre (libre), Stanza de Lexcycle (libre), FBReader (libre), Azardi (libre) y Adobe Digital Editions (libre, de momento).

Existen, además, algunas plataformas que permiten subir e-books y leerlos, como Bookworm o Bookglutton.

Finalmente, llegamos a los formatos. Actualmente, y si no estoy desactualizado, existen alrededor de una treintena de formatos diferentes de e-book. Pueden dividirse, grosso modo, en formatos propietarios y formatos libres. Los formatos propietarios son los que pertenecen a una determinada empresa. Sólo esa empresa puede generar ese formato, o proveer a sus usuarios de las herramientas (de pago) para convertir otros formatos al suyo propio. Los libres, por el otro lado, son precisamente eso: libres. Conociendo sus especificaciones, cualquiera con un poco de dominio informático puede generar por sí mismo un e-book. Doy fe: aunque todavía estoy en fase de experimentación, yo mismo lo hago para publicar mis trabajos literarios.

Un listado de los formatos más conocidos puede consultarse aquí.

Básicamente, una gran parte de estos formatos se basan en xml, una versión avanzada del lenguaje html, el usado para construir páginas web. Cada formato agrega luego una serie de elementos propios, que permitan la adición de metadatos, estilos y demás. En realidad, y siendo honestos, con el html basta y sobra para crear un buen libro digital y multimedia, pero... claro, ¿dónde quedaría el negocio, entonces?

Uno de los formatos más empleados hoy en día para generar documentos digitales es el pdf, ampliamente difundido tanto en su versión comercial de Adobe Acrobat como en sus diferentes versiones libres Open Source. Permite incluir ilustraciones, fuentes, metadatos y un largo etcétera. Pero (siempre hay un pero) un documento pdf no es “líquido”. Quiero decir que si cualquiera de ustedes hace zoom para ampliar la vista de un pdf, el texto no se adapta a la pantalla, no se redistribuye, no aumenta su tamaño: simplemente se sale de ella, y es preciso operar con las barras de desplazamiento para llegar al final de la línea que se está leyendo. Ése es uno de los problemas que hace que el formato pdf sea muy apreciado para distribuir y leer documentos a través de la web y en computadoras personales, pero que no lo sea tanto en e-readers.

Otro de los formatos más elementales y más apreciados es el sencillo html, reconocido por la práctica totalidad de los e-readers y demás lectores. Los documentos de texto plano (formato txt) o enriquecido (formato rtf) o los documentos de Word o de cualquier otro procesador de texto también son usados para e-books, y suelen ser reconocidos por muchos lectores. Y cualquiera puede crearlos. El problema es que no permiten agregar metadatos y demás elementos auxiliares con la facilidad que se desearía, y que los estilos e imágenes pueden llegar a ser dificultosos o simplemente nulos.

Quizás uno de los formatos más promisorios en este momento es el epub. Se trata de un formato abierto y libre que está ganando muchos adeptos por sus posibilidades, por su buen desempeño y, sobre todo, porque son muy sencillos de construir. Se trata de convertir un texto en html, proveerlo de una hoja de estilos CSS (que permita señalar, por ejemplo, dónde van las cursivas y los colores, qué formato tendrá cada párrafo, cómo se verán los títulos y cualquier otra cosa que imaginemos) y dotarlo de cuatro archivos especiales que generarán un índice y una tabla de metadatos basada en Dublin Core. Cosa que los bibliotecarios agradecemos mucho. Aún tiene varios inconvenientes, pero, a mi entender, es uno de los formatos más versátiles que existen en el momento, y hay una amplia comunidad de informáticos y autores que están trabajando ahora mismo para solventar sus falencias y dotarlo de nuevas posibilidades.

Entre los fans de los e-books, los formatos más empleados actualmente son el fb2 y el mobi. El fb2 puede generarse directamente desde Open Office, versión Open Source del Office de Microsoft. Para crear e-books en formato mobi hace falta un poco más de trabajo, pero existen conversores online que lo hacen bastante bien.

Por último, no puedo dejar de señalar la propuesta Sophie del Institute for the Future of the Book (Instituto para el futuro del libro). Es un programa aún en progreso, de descarga libre, que permite generar libros multimedia. En su página web pueden verse algunos ejemplos, que si bien no son para tirar cohetes, parecen bastante promisorios.

¿Cuáles son las ventajas declaradas del e-book sobre el libro tradicional? Su disponibilidad, su portabilidad y capacidad de almacenamiento (pueden llevarse docenas de libros almacenados en un simple aparato, aunque... ¿para qué quiero llevar conmigo docenas de libros?), la posibilidad de leer con luz baja o a oscuras, los costos, la distribución y, según señalan algunos, los problemas ambientales (un e-reader no gasta papel ni tinta, aunque pocos hablan del potencial contaminador de las baterías y los componentes de esos aparatos). ¿Las desventajas? Los cambios tecnológicos casi diarios (que hacen que el aparato que uno compra hoy sea obsoleto en dos meses), la disponibilidad de títulos (escasa), el aspecto estético (ni punto de comparación: el e-reader es frío y aséptico, no huele, no tiene textura ni marcas, es totalmente impersonal...), la corta vida útil de un e-reader en comparación con la de un libro bien preservado, las falencias a la hora de transmitir visiones artísticas o de jugar con las formas y los contenidos, la seguridad (un golpe a un e-reader y adiós aparato...), y una lista accesoria bastante extensa.

Los libros digitales llevan conviviendo con nosotros desde hace cuatro décadas. Desde que, en 1971, Michael Hart lanzara el hoy famoso Proyecto Gutenberg. Los bibliotecarios, escritores y lectores los hemos visto transitar desde hace unos años como un elemento más de nuestra vida cotidiana (al menos, si teníamos acceso a Internet y a una computadora, por supuesto). ¿Por qué este revuelo actual? ¿Por qué tantas voces alzadas, tantas discusiones sobre el futuro del libro, tanto mensaje apocalíptico sobre el fin del papel? A mi modesto entender, se trata de movimientos comerciales que nada tienen que ver con el mundo cultural.

Simplemente eso. Comercio. Dinero. Empresas. Intereses.

Sin embargo, debo reconocer que la existencia de las formas digitales del libro y la posibilidad de acceder a Internet han permitido a muchos autores distribuir sus trabajos sin necesidad de publicarlos (mi caso es un ejemplo directo). O acceder a información estratégica. O simplemente disfrutar de alguna lectura ya desaparecida del mercado.

En nuestras manos —manos de usuarios, creadores y gestores, y no manos interesadas en los negocios— queda, en última instancia, decidir el mejor uso para cada formato. Ambos pueden coexistir pacíficamente y proporcionarnos sus mejores potenciales para nuestro ocio, nuestra educación y nuestra información.

Porque, esté en el formato que esté, para eso sirve un libro, en definitiva.

Imagen de goXunuReviews, "Amazon Kindle eBook Reader".