2.2.10

Rumbos nuevos en mundos viejos

Rumbos nuevos en mundos viejos

Por Edgardo Civallero

Las nuevas "tecnologías de la comunicación y la gestión de información" permiten, en la actualidad, la copia masiva de cualquier material digitalmente codificable, incluyendo música, películas y textos de todo tipo. Cualquier elemento capaz de ser convertido en un archivo electrónico puede almacenarse, editarse, retocarse, regenerarse, duplicarse infinitas veces y enviarse al otro lado del mundo en cuestión de segundos y a cuantos destinatarios se desee.

Está muy vivo el debate sobre la "piratería digital" y las denuncias de las "sociedades de autores y editores" en contra de las descargas ilegales (y no me refiero aquí a las copias de materiales ya pagados compartidas por sus dueños sin ánimo de lucro a través del P2P u otros medios). Tal debate es confuso, con voces que "razonan" y claman desde todos lados, una legislación llena de huecos y un río tan revuelto que, como siempre, va a terminar siendo ganancia de pescadores.

Ocurre que, por un lado, los consumidores de cultura e información han descubierto el fabuloso poder que tienen la informática y las redes digitales a la hora de gestionar recursos... o de apropiarse de ellos sin más, legal o ilegalmente. Y que, por el otro, las viejas compañías de producción, comercio y distribución de tales recursos ven como esa "nueva" realidad les pasa por encima sin contemplaciones. Y al no lograr encontrar caminos que les permitan mantener su statu quo, sólo les queda gritar, amenazar y presionar, logrando la exasperación del "bando contrario".

Me da la sensación que, del lado de los usuarios, los tantos están muy mezclados. Una parte interesante de esa población adora poder descargar películas, libros y álbumes musicales sin pagar un centavo. Esgrimen un sinnúmero de argumentos para legitimar su actitud. Algunos me parecen "válidos": cansancio ante los usos abusivos de las editoras/productoras; hastío ante la desfachatez de las "grandes estrellas" que quieren vivir de su vieja gloria sin dar golpe; aburrimiento ante el limitado universo de ofertas existentes en el mercado dominante; irritación ante las trabas que se imponen día tras día... Pero otros me parecen una mera excusa para poder saquear sin remordimientos de conciencia, desde el semi-anonimato que permite la red de redes y desde la certeza de que, por muchas barreras que se levanten, nada podrá detener la marea imparable de esa mal entendida "cultura libre".

Del lado de las productoras, los argumentos me parecen desdichados, o incluso delirantes. Desean seguir comiéndose el enorme trozo del pastel que desde siempre engulleron, y, dada la amenaza que perciben en las redes digitales actuales, actúan para proteger su pingüe negocio, sin importarles un rábano el número de libertades individuales que violan o –curiosamente, por cierto- la consecuencia que esos actos pueden tener para su negocio en el futuro.

En medio quedan atrapados los verdaderos motores de la vida cultural. Los artistas. Y no, no hablo de esas "grandes estrellas" de la literatura, la música y el cine; esos que perciben ingresos tan astronómicos que cualquier hijo de vecino debería deslomarse media vida para equipararlos. Hablo del enorme universo de artistas que alberga nuestra sociedad, todos con las mismas ganas de dar a conocer sus obras. Todos con el mismo sueño de poder vivir de su trabajo. Y muchísimos de ellos excelentemente dotados.

Esos artistas encuentran que, por un lado, las productoras no divulgarán lo que hacen. Ellas han implantado el modelo de "se edita lo que más vende, y si vendes, eres famoso y rico". Por supuesto, la gran mayoría quiere acceder a ese paraíso, pero es un lugar muy "exclusivo" y las editoras son las guardianas inflexibles y exclusivas de sus puertas. Por ese camino hay pocas oportunidades: está atascado de aspirantes y los criterios de entrada son irracionales. Por el otro lado, los artistas ven que si su trabajo es editado (de cualquier forma) será rápidamente copiado y distribuido a través del planeta en cuestión de días, les guste o no. Con lo cual cualquier posible ganancia, por modesta que sea, se va al traste.

Como decía en una entrada anterior, se ven prácticamente condenados a vivir del amor al arte, a buscar cualquier otra ocupación para subsistir y a regalar su trabajo. Ése que más les apasiona. Ése en el que son realmente buenos. Ése para el cual se han preparado.

Muchos de ellos no han tenido más remedio que generar un nuevo modelo de distribución de sus productos. Aprovechando el viejo adagio de "si no puedes contra ellos, únete a ellos", han empleado las nuevas tecnologías de comunicación y gestión de información para crear sus espacios virtuales y distribuir su trabajo ellos mismos. Generalmente, de manera gratuita. O cobrando una módica suma por él hasta que nadie pague un centavo porque saldrá mucho más barato descargarlo gratuitamente desde cualquier otra plataforma.

A pesar de lo sombrío que pinta este panorama, hay un lado positivo. Ese modelo que ahora se gesta de manera tan desigual puede llevar a la construcción de una nueva alternativa en el mundo cultural. El artista, si sabe crear este nuevo camino, puede salir ganando. Pues tiene la oportunidad de que sea el público (y no un ejecutivo o editor ignoto) el que decida si su obra es buena o no (sobre gustos no hay nada escrito y en el arte no hay normas). Además, ya no habrá paraíso de "fama y riqueza", y los "guardianes" que filtren productos y digan lo que se vende o lo que no, lo que está bien y lo que está mal, lo que sirve o es inservible quedarán obsoletos. La difusión de una obra y su aceptación podrán basarse sencillamente en la calidad y el trabajo de su autor, y no en el "lavado de cerebro" de las campañas publicitarias ni en la atención que ciertos medios le prodiguen a determinada persona o editora.

Todo esto, que ahora es sólo una idea, podría hacerse realidad en un futuro muy cercano.

Las editoras que pretendan continuar con su viejo modelo de copia controlada, precios a piacere, líneas editoriales reducidas, publicidad agresiva y de artistas-estrella deberían replantearse cómo seguir de aquí en adelante. Porque todo lo que sabían y usaban está comenzando a caerse en pedazos. Y dentro de unos años será inservible. Deberían moderar sus costos, abrir las puertas a más autores, lanzar líneas editoriales de trabajos digitales de personajes nuevos y otras de copias físicas (CD, libro, DVD) de obras más conocidas. Deberían salir de sus Olimpos privados de premios, academicismos y alabanzas mutuas para escuchar lo que quiere el público, o lo que tienen que decir sus pares, tan artistas y tan capaces y formados como ellos, aunque sean menos "conocidos". Y deberán dejar de lado el hipócrita discurso de "defensa de los derechos de autor", porque lo único que defienden son sus intereses comerciales. El derecho de autor es otra cosa muy diferente. Mi propiedad intelectual como escritor o músico no se ve afectada porque alguien haga una copia de mi trabajo. Es más, para mi es un honor y una forma de difusión. Lo que se ve afectado es el contrato a través del cual una editora se hace temporalmente con esos derechos míos para explotar comercialmente la obra.

Los artistas deberán encontrar caminos a través de los cuales puedan difundir su trabajo y cobrar lo que vale. Deberán desarrollar nodos y redes que les permitan agruparse, promocionarse, publicitarse y ser reconocidos. Deberán presionar a los medios para que cesen en su atención exclusiva a los productos de las grandes editoras y difundan también los de otros artistas excluidos del Olimpo. Y no como meras curiosidades, sino como opciones tan válidas como las demás, que permitan alimentar la diversidad de bienes culturales que puedan consumir sus usuarios. Y deberán gestionar ante las autoridades las modificaciones correspondientes a las leyes de derechos de autor, el reconocimiento de otras modalidades de difusión (como el copyleft), y el derecho a que las obras digitales tengan un lugar en los depósitos legales nacionales y tengan ISBN o los códigos pertinentes.

Finalmente, los consumidores de esas obras deberán dejar de lado las hipocresías. Los artistas son trabajadores. Un músico profesional ha cursado una carrera, ha comprado sus instrumentos y se pasa ocho horas al día ensayando y practicando, como cualquier otro profesional. Un escritor puede tardar años en completar una novela, y necesita adquirir bibliografía, documentarse y un largo etcétera. Un cineasta o un documentalista precisa de un equipo de gente capaz para parir su película. Todos ellos merecen cobrar por su trabajo, y nosotros debemos pagarlo, como pagamos por la comida, el agua, la luz, el alquiler, el coche y el ordenador, y como nos pagan por nuestra labor, sea cual sea.

Las quejas extras (de cualquiera de los sectores) no vienen a cuento, y podemos ya dejar de esgrimirlas entre nosotros como armas porque son falsas, inútiles y no nos conducirán a ningún sitio. Ya es tiempo de empezar a buscar caminos que nos lleven a todos (pero sobre todo a autores y a usuarios, los protagonistas de este diálogo inmemorial que es el arte) a un entendimiento y a una relación constructiva.

Y los intermediarios ya encontrarán la manera de ajustar su negocio a los nuevos aires que soplen. Porque ellos, como los gatos, son silenciosos y escurridizos, saben hacer arrumacos cuando les interesa y sacar las garras cuando les conviene, siempre caen de pie y, sobre todo, tienen siete vidas.

Imagen de conValor.