22.2.10

Caras y cruces


Por Edgardo Civallero

Acabo de llegar de la ciudad de Murcia, de unas jornadas excelentes organizadas por la Biblioteca Regional de Murcia y tituladas "La acción social y educativa de la biblioteca pública en tiempos de crisis". Fui invitado por la organización y por uno de los ponentes, el amigo granadino Cristóbal Pasadas Ureña (gran profesional y gran persona, a la que debo mi gratitud), para aportar al debate algunas experiencias de América Latina.

Mi primer reparo fue evidente, y hasta previsible. Tras una década trabajando en bibliotecas de mi continente natal, lo de "biblioteca en tiempos de crisis" no dejó de tener cierta gracia amarga. "¿Crisis?" me pregunté. "¿Cuál de todas?". Desde el punto de vista europeo de "crisis" (y teniendo como referencia la actual "debacle mundial"), cualquiera de nuestras bibliotecas podría ser expuesta como "experiencia" o "modelo de buena práctica". O incluso como ejemplo de heroicidad cotidiana, me animaría a decir en algunos casos.

Pero bueno, épocas críticas ha habido siempre en todos lados, y yo entendía que los organizadores de las jornadas se referían a la capacidad de las bibliotecas públicas de dar respuesta a sus usuarios cuando sus cimientos económicos y sociales (y tantos otros) se ven sacudidos. En mi archivo tenía un buen catálogo de experiencias de ese tipo en América Latina. En mi memoria también.

Tras superar ese "escollo" inicial, me planteé muy seriamente la utilidad de presentar tales experiencias. La utilidad práctica para una audiencia española, quiero decir. Pensaba que la realidad que me tocó vivir en América Latina (y que vivieron, viven y vivirán, incluso en peores condiciones, miles de amigos, familiares y colegas) dista años-luz de aquella con la que lidian a diario los colegas españoles. Que cualquier cosa que pudiera decirles, contarles, mostrarles o comentarles sería inútil. Pintoresca, quizás, o asombrosa, o incluso dolorosa, pero de poco aprovechamiento práctico. Hablarles de los servicios bibliotecarios para refugiados colombianos, de los recursos míseros con los que logran salir adelante las bibliotecas rurales, de las unidades asentadas en barrios periurbanos colapsados por la violencia y las drogas, de las milagrosas bibliotecas indígenas, de las unidades que apoyan a los campesinos andinos o centroamericanos a llevar adelante sus proyectos comunitarios, de las otras que dan resguardo a las mujeres de sus comunidades, de las que enseñan a leer y a escribir, de las que enseñan a cuidar la salud... y de mil cosas más sería como dibujarles un mundo nuevo y desconocido del que ellos sacarían poco provecho directo. Eran ejemplos claros de bibliotecas enfrentándose a diversas crisis y venciéndolas dentro de sus reducidas posibilidades, en efecto. Pero, así y todo, eran cosas lejanas. Lejanísimas.

Por supuesto, hubiera podido elegir la presentación de experiencias más conocidas, como las de las redes de bibliotecas públicas de Chile, Perú, Colombia o México, alabadas y reconocidas a nivel internacional por sus alcances y logros, y que asimismo afrontaban numerosas situaciones de crisis. Pero pensé que ésas recibían ya suficiente cobertura, y me apegué a mi principio de que "lo pequeño es bello".

Finalmente decidí participar. Supe que la mayoría de los asistentes serían bibliotecarios "de a pie de calle", como lo fui yo toda mi vida. Y supuse que sabrían entender el valor de esas "cosas pequeñas" porque, en definitiva, participan de ellas a diario.

Una vez en Murcia, a lo largo de las jornadas desfilaron ante mi vista y mis oídos un puñado de experiencias enormes. Imponentes, de verdad. Y yo me iba sintiendo cada vez más pequeñito, me iba encogiendo sobre mí mismo y no dejaba de preguntarme qué demonios hacía allí, con mi hatillo de propuestas en la mano, tan diminutas, tan humildes en comparación con aquellas enormidades que me parecían catedrales gigantescas y geniales al lado de mis chocitas...

Finalmente llegó mi turno. Y conté lo que vi y lo que viví a lo largo de mi década bibliotecaria latinoamericana. Conté de los libros cartoneros y del CEDILIJ, de las Bibliotecas Públicas Modelo limeñas y del Centro de Mujeres de Matagalpa, de las bibliotecas indígenas colombianas y mexicanas, de los planes y las estrategias, del PROBIGUA y la Red de Bibliotecas Quechuas peruanas, de los problemas y las soluciones, de la escasez y las alegrías, de las derrotas y los triunfos, y de como en un mundo enfrentado a una crisis permanente en muchos aspectos, los bibliotecarios seguían adelante, trabajaban, se unían, colaboraban, y respondían a las necesidades de sus usuarios, a veces con la única ayuda de su imaginación, de la solidaridad y del esfuerzo. Nombré a muchos de mis héroes cotidianos, a ésos que me enseñaron –cuando era sólo un aprendiz- que a veces lo único que te mantiene en pie en tu trinchera bibliotecaria es la pasión por lo que haces. Y terminé señalando que, ante una crisis, lo mejor que puede hacer un bibliotecario es salir de detrás de su escritorio, ponerse al lado de sus usuarios y escucharlos. Porque ellos sabrán decirle, mejor que nadie, lo que necesitan para superarla. Y que en la propia comunidad encontrará los recursos más a mano para implementar soluciones.

Terminé con los nervios agotados, lo reconozco. Honestamente, confesaré que me sentí como en mis épocas de estudiante: rindiendo un examen ante un público prácticamente inalcanzable. Cosas de las percepciones personales, ya ven. Porque cuando finalicé mi exposición, los aplausos y los agradecimientos me dejaron ver que allí no había ninguna distancia, ninguna barrera, y que aquello no era examen alguno.

Y para mi total asombro, fueron varios los asistentes que se me acercaron para agradecerme personalmente la charla y para decirme que, en efecto, les había sido de una tremenda utilidad. Porque, más allá de las comparaciones inservibles entre "mejores" y "peores situaciones", el mensaje de fondo estaba clarísimo. Y me explicaron que, aunque yo no lo creyera, son muchos los bibliotecarios públicos españoles que trabajan en sitios aislados y en una total soledad. Que no es oro todo lo que reluce. Que ellos también tienen infinitas carencias y problemas. Que, a pesar de que las escalas fueran tremendamente diferentes, dentro de su propio marco ellos tenían los mismos problemas que sus colegas de América Latina. Y que el mensaje de cooperación, de solidaridad y, sobre todo, de vínculo con el usuario final y de pasión por lo que se hace era inspirador.

En el tren de regreso a Madrid, pensaba en todas las caras y cruces que tiene este mundo nuestro. Y me di cuenta de que hace unos años jamás hubiera imaginado que recibiría esta lección precisamente en España: siempre hay que mirar los dos lados de la moneda, aunque estemos habituados a ver sólo uno. Porque la cruz puede enseñarnos que la realidad no es como la pinta la cara, o como queremos verla, o como nos quieren hacer verla. Porque siempre hay otras voces, otras campanas, y una realidad distinta que grita a voces que allí está. Y porque es necesario, útil y hasta enriquecedor ver esos dos lados. Caras y cruces. Luces y sombras.

Desde este rincón en el espacio virtual les hago llegar un abrazo a todos esos colegas españoles que, en sus bibliotecas municipales, afrontan día a día el reto de llegar al usuario, a veces en una soledad abrumadora y sin ninguna ayuda que los acompañe. Porque sé, por mi experiencia y la de tantos otros, como se siente el estar solo en la trinchera, ante un "enemigo" que no siempre estamos preparados para encarar.

Nota: el texto de mi ponencia puede descargarse desde aquí, así como mi presentación.

Imagen de davidquiros, "Cara o cruz".