4.1.10

Por amor al arte

Por amor al arte

Por Edgardo Civallero

El oficio de artista nunca fue fácil. Tampoco bien retribuido, históricamente hablando. La frase que titula esta entrada no se acuñó como una simple metáfora: es parte de una realidad de siglos. Mozart no murió en la miseria más espantosa porque ganara millones de royalties. Como él, otros centenares de artistas (conocidos y anónimos) terminaron sus días sin un cobre en el bolsillo ni un lugar propio donde caerse muertos. A ellos se unieron pensadores, filósofos e inventores. Y científicos, por supuesto, porque la ciencia tampoco fue un buen negocio. Basta con leer la biografía de Maria Sklodowska (más conocida por el apellido de su esposo, Curie) y saberla congelándose en un galpón para obtener la primera muestra pura de radio.

El boom de los artistas adinerados es bastante más reciente. Supongo que mucho habrá tenido que ver la aparición de los intermediarios: editores, productores, distribuidores y un largo etcétera para cuya descripción necesitaría varias entradas de este blog. No hace falta enumerarlos, a decir verdad: cualquiera que haya tenido un mínimo contacto con el mundo del "comercio cultural" los conoce demasiado bien. Son los actuales creadores de dioses y de ídolos, los que transforman el barro en oro, los que manejan la "cultura de masas", los que "amablemente" nos indican lo que debemos consumir. Tales individuos (y sus compañías, monopolios y consorcios) terminaron convirtiéndose en un mal necesario. Sin ellos la producción, distribución y publicitación masiva de los bienes culturales hubiera seguido siendo algo "engorroso". Algo que rememoraría a los autores aquel pasado renacentista y barroco en el que se gestionaban las publicaciones ante el impresor amigo o se distribuía el propio trabajo librería por librería o galería por galería.

Gracias a esos intermediarios (o por su influencia directa) nacieron las tempranas legislaciones de derechos de autor. Tales leyes originalmente protegían a los creadores literarios de la rapacidad de los editores, que imprimían y vendían copias de lo que querían sin pedir permiso ni dar un céntimo a cambio (Statute of Anne, 1709).

Asombroso, ¿no?

Y supongo que merced a ellos nacieron también las ganancias que a la postre reciben los autores. Ganancias generalmente mínimas (en el caso de los libros, un 8-10 % del precio de venta) si se comparan con lo que perciben las compañías, empresas y sucursales varias. Pero que pueden llegar a ser exorbitantes si la venta se hace bien. Es decir, si nos convencen de que "debemos" comprar tal o cual cosa y de que el precio que pagamos por ella es el adecuado, por elevado que sea.

Los intermediarios nunca hicieron nada "por amor al arte". En realidad vivieron del arte. Del de otros, por supuesto. Pues de eso se trata para ellos: de un negocio. Un negocio en el que se quedan con el 90 % de las ganancias.

Un negocio que es mucho más visible en las publicaciones académicas, que cobran fortunas por su compra y acceso mientras los autores no suelen ver un céntimo (y encima tienen que sentirse afortunados si se les publica, porque es parte del proceso científico y porque es la única forma de hacerse un curriculum "respetable").

No pretendo despotricar aquí contra tales intermediarios: sus acciones, a pesar de ser muy discutibles (dependiendo de la perspectiva, claro está), permitieron una difusión amplia de ciertos elementos que, de otra forma, no hubieran llegado a nuestras manos.

Sin embargo, tal vez debido a su búsqueda desmedida de ganancias y a un largo etcétera de razones variopintas, está surgiendo un nuevo modelo. Ése es el que pretendo mostrar a continuación.

Ya son muchos los músicos que publican su obra directamente en su sitio web (ver, por ejemplo, el magnífico trabajo del grupo asturiano Xera). O la suben a plataformas de acceso abierto como Jamendo, o a sitios colaborativos como RedPanal. Por no hablar de lugares del universo digital tan conocidos como MySpace Music, o a redes de descarga de música en donde son los propios autores los que promocionan sus discos y permiten su descarga bajo licencias Creative Commons.

Son numerosos los escritores que autoeditan sus libros, situándolos directamente en línea, en archivos de acceso abierto para literatura, o en sus propias páginas. Proporcionan la opción de impresión bajo demanda a través de empresas como Lulú.com o Bubok, entre otras muchas que han surgido a la vera de este movimiento. E incluyen sus trabajos en espacios de registro de propiedad intelectual digital como Safe Creative, y los ven diseminados a través de plataformas de almacenamiento gratuito de archivos como Megaupload o Rapidshare (entre otras muchas) o en redes como la argentina Taringa! (reseñada como uno de los 10 sitios más buscados del 2009 por uno de los últimos suplementos semanales del diario español "El País").

Son varios los cineastas que, tras cansarse golpeando sin resultado las puertas de productoras y estudios (como lo han hecho los músicos en las compañías de distribución y los escritores en las editoriales) ven cómo su película tiene una repercusión enorme en la comunidad virtual una vez la han puesto (o se la han puesto) en línea. Así, por ejemplo, se hizo conocido "Ink", un film extraño pero encantador. Y a través de YouTube y otros medios similares han encontrado justo reconocimiento cortometrajes, documentales y reportajes.

Así ocurre con fotógrafos y diseñadores (y sus famosos álbumes en Flickr), con escultores y pintores, y también con académicos, periodistas y pensadores (blogs, archivos de acceso abierto, revistas de Open Access...). Es una migración al universo digital que no convence a todos, por cierto. Pero en ese mundo virtual, cumplir los sueños depende de uno mismo y de su habilidad para promocionar su producto, para hacerlo visible y difundirlo. El artista se ha emancipado, es independiente, puede hacer lo que le plazca, cómo le plazca y cuándo le plazca...

Al principio de toda esta historia, la relación entre autor y público era más directa, menos preocupada por los derechos de autor, las ventas y las ganancias. El escritor quería ser leído y poder vivir de su trabajo, como cualquier hijo de buen vecino. El lector, el oyente o el aficionado querían disfrutar de ese toque especial que el arte da a nuestras vidas, arrancándolas de la monotonía y la rutina para insuflarles un poquito de magia. Eso era todo: nada más. Pero luego vinieron otras cosas que enturbiaron el asunto. De pronto las voces pequeñas sólo podían escucharse merced a sellos independientes que siempre terminaban asfixiados por los monopolios. Ciertos nombres se pusieron de moda y eclipsaron a sus colegas. Disfrutar de la cultura costaba una pequeña fortuna. El pensamiento independiente apenas si se oía, y las producciones originales y que se salían de las "normas" sólo podían encontrarse en ciertos festivales, ferias o negocios...

Hoy las cosas están cambiando. Y lo hacen de la mano de los propios productores de bienes culturales, que han encontrado un camino por dónde andar un poco más libres. Queda mucho por hacer, construir y recorrer en ese nuevo sendero, pero la buena noticia es que existe, que está ahí. Aunque no se ingresen dinerales en las cuentas corrientes, los artistas han retomado ese camino renacentista-barroco de autoeditarse, de salvar las barreras de los intermediarios, de conectar directamente con su público.

Y si todo esto sucede ante nuestros propios ojos es porque, aunque parezca una locura en estos tiempos que corren, todavía hay mucho amor al arte.

Nota 1. Se abren caminos alternativos, sí, y son muchos los autores que publican y difunden gracias al buen hacer de empresas que sustentan ese modelo de autopublicación. Pero me pregunto... ¿cuánto tardarán esas empresas "independientes" y "alternativas" en convertirse en los nuevos intermediarios? ¿Cuánto tardará este nuevo modelo artístico y cultural en ser absorbido por la corriente dominante?

Nota 2 y off-topic. Hablaba, al principio de esta entrada, de Maria Sklodowska. Esa mujer, primera en ganar dos premios Nobel (en la época en la que no se repartían con tanta liberalidad como ahora los de la Paz) y primera también en dar clases en la Universidad de París (la famosa Sorbona), no patentó el proceso de aislamiento del radio, para que la comunidad científica pudiera investigar sin problemas. Se ve que los años han cambiado las cosas: hoy corremos el riesgo de despertarnos con la noticia de que la acción de respirar está patentada. Y deberemos pagar por derechos de autor para seguir vivos...

Foto de Edgardo Civallero