18.1.10

Cosas que pasan...

Cosas que pasan...

Por Edgardo Civallero

Podría escribir hoy sobre el desastre de Haití. Pero no sobre la catástrofe natural, sino sobre la política, la social y la humanitaria. Sobre las pobrezas y miserias que se hacen visibles sólo después de que un terremoto golpee una sociedad, aunque hayan estado todo el tiempo ahí, hundidas ante nuestras narices (se entiende que la sangre, el sufrimiento y los cadáveres venden mucha audiencia). Sobre la hipocresía de muchos gobiernos, que ahora se muestran solidarios pero que hasta hace unos días apenas si se acordaban de Haití. Sobre los bastardos (de la clase que sean) que viajan hasta allí para "sacarse la foto". Sobre las crónicas informativas, que me parecen vergonzosas. Sobre los bancos españoles cobrando comisiones a los donativos enviados a la isla. Y sobre lo nocivo de la "ayuda" cuando no se tienen en cuenta las necesidades de los destinatarios, o sus particularidades (siempre pensamos que todos los mundos posibles dentro de este planeta nuestro tienen que funcionar como nosotros creemos que deben hacerlo).

Pero no, mejor no me/les arruino el día repitiendo las palabras y opiniones que tanto abundan ahora mismo en Internet. Porque terminaría llegando a la conclusión de que el pueblo haitiano, ahora mismo en el escaparate del mundo, expuesto su sufrimiento sin vergüenza antes todas las miradas, seguirá viviendo lo que hasta hace una semana había vivido una vez que los ecos del sismo se apaguen y la gente vuelva a sus asuntos y a preocuparse de otras cosas. Cuando la sensación se diluya, los dolientes volverán a su dolor. Como siempre ha sido. Cosas que pasan...

Podría anotar algunas ideas rescatadas de mi última lectura, "El Atlas Geopolítico 2010" editado por Le Monde Diplomatique. Podría hablarles de cómo las grandes corporaciones internacionales saquean al Tercer Mundo, de cómo les hacen perder su soberanía alimentaria mientras ellos cuidan con celo sus campos y cultivos, de las mentiras sobre la energía, de las incontables guerras alentadas por las superpotencias productoras de armamentos, de las condenas a los poseedores de armas nucleares por parte de sus inventores y mayores desarrolladores, de las Cumbres inútiles (Copenhague incluida), de las no menos inútiles declaraciones (Derechos Humanos en primer lugar), de las falacias, de las mentiras que nos cuentan a cada hora los medios masivos, de las verdades que denuncian los medios independientes sin que nadie les preste atención, de los problemas que enfrentan mi país y mi continente natal...

Pero... ¿para qué? ¿Para llevarnos las manos a la cabeza por unos minutos, exclamar "¡qué barbaridad!" y volver luego a nuestra segura rutina cotidiana, a nuestras opiniones mal enraizadas y peor construidas, a nuestro mundo virtualmente inalterable? No, mejor lo dejamos para otro día. Como hacemos con todo lo que puede llegar a sacudir nuestro frágil equilibrio mental. Lo apartamos de nuestra mirada y de nuestros pensamientos para que no moleste, para que no nos tumbe las estanterías tan cuidadosamente construidas a lo largo de los años. Para no mirarnos en el espejo de nuestras falencias. Porque entender que el sufrimiento de los demás está en nuestras manos y en las de los que elegimos para gobernarnos es molesto. Y es mejor quitarlo de en medio cuanto antes. Cosas que pasan...

Podría irme a asuntos más pequeños: por ejemplo, al mundo de los blogs. Podría contarles cómo lo que nació como un diario personal virtual para emitir opiniones y compartir información se ha convertido en un medio a través del cual las empresas manejan su publicidad dentro del marco de la Web 2.0. O cómo hay individuos que ya cobran por escribir en blogs, lo hagan bien o más o menos mal, escriban lo que escriban, siempre que consigan altos niveles de visitas. Podría reflexionar sobre cómo lo que en su día fue una alternativa para la comunicación social ahora ha sido fagocitado o destrozado por el sistema, al igual que las redes sociales, los periódicos "independientes" y tantas, tantas otras cosas.

Pero, por supuesto, no es agradable ver cómo nuestra libertad queda cada día más cercada, cómo nuestras opiniones se ahogan en un verdadero océano de palabras políticamente correctas y socialmente adecuadas, cómo nos venden el último juguete de turno (en aras del desarrollo tecnológico) para que nos entretengamos y no protestemos, cómo nos anestesian y cómo nos dejamos anestesiar. Mejor será que nos pongamos una cancioncita en el iPod Shuffle que nos han echado los últimos Reyes (únicamente utilizable a través de un programa de Apple, el iTunes) y que nos sentemos a leer un librito digital en nuestro eReader último modelo (comprado en las rebajas de enero para poder "fardar" ante los amigos de que tenemos "lo último" y de que nos unimos a ese mundo editorial que las grandes corporaciones nos venden como inevitable). Así nos olvidaremos un rato de que nuestras alas ya no pueden llegar donde quisieran, de que vivimos en una jaula dorada, de que compramos lo que nos dicen, leemos lo que nos dictan, nos informamos donde otros quieren y nos vendemos por treinta monedas. Cosas que pasan...

Podría escribir sobre todo eso, sí: sobre un año nuevo que no nos ha traído una vida nueva, sino más de lo mismo. Pero a estas alturas del partido ya me he deprimido de sólo pensar en todo lo que podría comentar, denunciar, protestar e ironizar sin conseguir maldito resultado. Parece que esta semana el peso de la realidad ha caído sobre las cabezas de mis musas particulares, y que el mundo es una única herida que duele entera.

Cosas que pasan, ¿no?

Imagen de alambradosmexicanos.com.mx