28.12.09

Queridos Reyes Magos:

Queridos Reyes Magos

Por Sara Plaza

No os cuento nada nuevo si subrayo que con un libro en las manos podemos descubrir paisajes que nos eran desconocidos, recrear mundos ajenos e incluso distanciarnos del propio. Igualmente maravilloso es el hecho de que a través de sus páginas seamos capaces de recordar lugares por los que ya hemos pasado, el ambiente que alguna vez hemos frecuentado, el rincón que una noche nos sirvió de escondite y el abismo al que no quisimos asomarnos por la mañana.

En esos rediles de papel en los que desde hace tiempo venimos resguardando las palabras de la intemperie, hay historias que nos conquistan e historias a las que plantamos batalla. De algunas somos cautivos y a otras nos resistimos. Las hay que nos mantienen despiertos y las hay que no nos quitan el sueño. Están las que nos zarandean y las que ni nos despeinan. No todas nos agradan ni todas nos duelen. Algunas nos enmudecen y otras dan mucho de lo que hablar. Las historias nos llevan y nos traen y pocas, muy pocas veces, nos dejan en el mismo sitio.

Esa reubicación ocurre también cuando volvemos a leer la misma historia años después. ¿Cambió el texto? ¿Lo hicimos nosotros? ¿El momento? ¿La oportunidad? Soy de la opinión de que en el ínterin todo cambió un poco y nosotros lo hicimos un mucho. Gracias, en parte, a otras tantas lecturas. Lo cual me hace acordar de Daniel Pennac, su fantástico "Mal de escuela", y una frasecita en su interior que decía: "Un pensamiento hace ruido, y el placer de leer es una herencia del placer de decir."

Qué buena cosa el placer de decir, ¿no os parece?. Qué hermoso alojar en nuestra boca un pensamiento. Qué emoción cada vez que una idea nos hace cosquillas en la garganta. Qué impaciencia cuando la sentimos estremecerse en las entrañas. Y ahí estamos nosotros, balbuceando las primeras palabras que la conforman, esculpiendo poco a poco con los labios y las manos su sonido y su semblanza. Sí señor, ahí estamos nosotros escuchándonos y diciéndonos alternativamente.

Un decirnos que ha ido probando distintas ollas en las que cocinarse más o menos lentamente al principio, y con gran rapidez en la actualidad. Un decirnos que ha ido depositando en el fondo de esas cacerolas, elaboradas de materiales tan dispares como la piedra, la seda, el hueso, el cuero, el papel o el plástico, los sabores y los aromas de las diversas culturas. Un decirnos que en su afán de conquistar nuevos paladares sigue buscando recipientes innovadores (libros electrónicos), pero que también recicla los que ya han sido usados (editoriales cartoneras).

Y todo para que no perdamos el gusto como lectores, para que día tras día y noche tras noche, continuemos masticando historias, trazando el curso de la nuestra y aprendiendo a torcer el de la que se escribe con mayúsculas cuando nos lleva por mal camino. Todo para que no dejemos de escucharnos al tiempo que oímos otras voces. Todo para que no olvidemos el placer de decir y sepamos transmitírselo a quienes están empezando a hablar.

Y todo por no saber cómo empezar esta carta un año más. Todo por intentar convenceros de lo mucho que me gustaría que me echaseis un puñado de libros como regalo. Todo por justificar el gran número de títulos que tengo anotados. Voy a ver si me echa una mano la niña que llevo dentro. Vuelvo al principio.

Queridos Melchor, Gaspar y Baltasar:

Ya sé que no soy muy original, pero me haría mucha ilusión que me trajeseis algunos libros. El problema es que he preparado una lista muy larga y no sé cuáles poner en los primeros puestos. Mamá y papá opinan que este año no me los vais a poder regalar todos porque también vosotros estaréis sufriendo la dichosa crisis de la que hablan los mayores. Una que han provocado unos señores muy avariciosos que inflaron demasiado el globo. Supongo que les habrá pasado como a mí cuando soplo y soplo: al final se me explota. Pero mis pulmones jamás han causado una crisis, sólo han hecho enojar a mí mamá. Os explicaba que tengo dudas a la hora de seleccionar uno u otro libro del montón que he ido apuntando. Papá dice que es mejor que lo deje a vuestra elección, pero ¿y si escogéis los que no quería tanto, tanto? A mí mucho no me gustan las sorpresas. Por otro lado, mamá me ha advertido que no está el horno para bollos y que no pida muchas cosas no sea que al final me quede sin nada. Yo muchas cosas no quiero, sólo una que se llama libro, pero de ésa quisiera varios ejemplares. Lo que no termino de entender es eso de que no esté el horno para bollos cuando todo el mundo anda preocupado por el aumento de temperatura en el Planeta. Oí en las noticias que los amigotes de los señores avariciosos no se pusieron de acuerdo para salvar el Planeta, mientras estuvieron visitando la ciudad de La Sirenita. Debe ser que el Planeta no tiene ahorros, porque leí en unas pancartas que si fuese uno de esos sitios donde se guarda el dinero ya lo habrían salvado. Así es que no sé por qué se pone mamá tan seria si al paso que vamos ya no tendrá que prender el horno nunca más y podrá cocinar sus bollos al sol. En fin, ¿cómo hacemos entonces? ¿Os pido unos poquitos que yo quiera mucho, mucho? ¡Ufa! No puedo. Es una decisión realmente difícil. Creo que os los voy a escribir todos en otra hoja y por esta vez me arriesgaré con la sorpresa.

Ah, me olvidaba, he sido una niña muy buena y salvo por lo de explotar globos no he hecho enfadar a mis papás. Y otra cosa, echad una escalera en los sacos porque papá y mamá piensan que vais a tener que escalar más de un muro para llegar. Les escuché comentar que para un muro que han tirado en no sé cuántos años, hay que ver la de ellos que han ido levantado en poco tiempo. Por lo visto es para que no se cuele gente sin papeles, por eso se me ocurre que si vosotros venís cargados de libros es casi seguro que os van a dejar pasar.

Ahora sí, he terminado. Hasta el año que viene, Reyes Magos.

Ilustración de Sara Plaza