22.12.09

Entre dos tierras

Entre dos tierras

Por Edgardo Civallero

Creo que ocurrió en Oslo, allá por 2005. Aquella fue una de mis primeras oportunidades internacionales para presentar mi trabajo sobre bibliotecas indígenas. Un aborigen chukchi, oriundo de la península homónima cercana al círculo polar ártico ruso, me dio un nombre en su lengua materna. Una palabra que no tuve la precaución de anotar y que él me tradujo como "el que transita entre dos tierras". Por mi labor, me explicó, yo iba y venía entre el mundo europeo –al que pertenezco por origen étnico- y el indígena.

Si le hubiera contado la totalidad de mi vida, aquel hombre hubiera sonreído y se hubiera reafirmado en la elección del nombre. Nacido en Argentina, emigré a España a los 12 años, y doce después volví a mi tierra natal. Allí permanecí... otra docena de ciclos, para luego retornar a España.

Entre dos tierras. Nunca mejor dicho.

Pero no se trata sólo de mi vida. Soy heredero de una tradición migratoria. A diferencia de muchos latinoamericanos, por mis venas no corre ni una sola gota de sangre nativa (algo que no deja de llamarme la atención a veces, dado el vínculo especial que siento hacia los pueblos aborígenes de mi terruño). Todos y cada uno de mis antepasados llegaron a Argentina en un barco. Todos fueron inmigrantes. Y casi todos eran italianos. Dejaron atrás sus pueblos y jamás regresaron, ni lograron mantener contacto con sus familias.

Crecí sabiendo que mis raíces más profundas estaban lejos y que ya nunca podría hacerlas mías. Tal vez por eso admiro (¿y envidio?) tanto a los pueblos originarios, excelentes conocedores de las suyas. Y quizás por eso siempre presté atención a las historias que mis abuelos contaban de los suyos propios: narraciones sobre el viaje en el barco, sobre los hogares que dejaron en Italia, sobre las familias extensas, sobre las faenas que realizaban a diario y las costumbres que practicaban, sobre la música, sobre los hechos históricos que les tocó vivir... Crecí con esa nostalgia flotando en el ambiente, una tristeza pegajosa, una añoranza de algo que quedó muy atrás y a lo cual ya era imposible volver. Porque todo cambia. Porque nada queda. Porque cuando el tiempo nos toca no somos iguales, ni lo que dejamos atrás permanece estático esperando por nosotros.

Nadie me hubiera dicho, cuando escuchaba esas historias de labios de mi abuela –que intercalaba expresiones italianas cada tres palabras españolas- que yo sería un eslabón más de esa cadena de raíces partidas. Cuando dejé Argentina a mis doce años apenas si sabía dónde vivía o quién era. Puede decirse que mi personalidad se forjó en España. Aquí terminé la primaria, cursé la secundaria, hice mis amigos, me puse de novio, formé mi primer grupo musical, fui a mi primera fiesta, conseguí mi primer trabajo, entré a la universidad, me hice fan de determinadas bandas, vi determinadas películas y moldeé el carácter que aún cargo a cuestas por mucho que a veces me pese.

Sin embargo, si bien llené mi vida con tantas cosas hermosas y valiosas, siempre sentí que me faltaba algo. Y supuse que así se habrían sentido mis tatarabuelos: a pesar de que construyeron con mucho sudor y lágrimas una vida desde los mismos cimientos, y de que labraron después un porvenir para sus hijos en su nueva patria, hablaban todo el santo día de su vida en Italia. Así, igual, viví yo: veía películas argentinas, escuchaba tango y folklore, interpretaba música sudamericana, añoraba las flores de los jacarandáes y los troncos de los palos borrachos y las esquinas húmedas de Buenos Aires y el sabor del dulce de leche y...

Hasta que volví a Argentina, claro. El tema es que, una vez allá y saciada mi nostalgia, comencé a añorar España.
El problema no tiene más solución que vivir a caballo entre las dos tierras, la que me parió y la que me adoptó, la que me hizo llorar y la que me hizo reír, la que me mostró cómo vivir y disfrutar y la que me enseñó a sobrevivir y a luchar con uñas y dientes. Me es imposible llenar los huecos que llevo dentro, porque ser un inmigrante significa eso: vivir cargando nostalgias y ausencias; ser "un sueño errante", como decía la canción de "Celtas Cortos"; llevar "incertidumbre y la risa postergada", como cantó León Gieco...

Por eso, cuando escucho hablar de los inmigrantes en tono denigrante (sea donde sea) me pregunto si los que abren la boca y largan sus juicios con tanta facilidad tienen una mínima idea de lo que están condenando. Me pregunto si realmente saben lo que significa migrar. De todo lo que eso significa. Me pregunto si alguna vez habrán tenido que tomar una decisión tan difícil y tan trascendente como la de dejar atrás su lugar, su gente, su familia, sus rutas y aromas conocidos, su música, sus programas de televisión, sus negocios habituales, sus amigos, sus escuelas...

A veces hago esa pregunta en voz alta. Y obtengo una sola respuesta: "Si tanto les duele, que no se muevan de donde están".

Fácil. Muy fácil.

Es entonces cuando me pregunto (y les pregunto) si saben de las carencias, de las falencias, de las ausencias, de las desigualdades de este mundo nuestro... De todo eso que empujó a mis tatarabuelos a dejar esta Europa e ir a aquella América. De lo mismo que empujó a mis padres a dejar aquella América para venir a esta Europa. De todas esas razones que fuerzan cada día a mucha gente a quebrar para siempre su raigambre y remontar el vuelo, a sabiendas de que esas ligaduras deshechas equivalen a heridas que no pueden ser sanadas.

Les digo que somos todos seres humanos, iguales y merecedores de las mismas oportunidades, y que nadie tiene la culpa de haber nacido en sitios en donde esas oportunidades no existen. Y que a veces no queda otra opción que buscar otro sitio en donde luchar por los sueños y abrir el camino a esas posibilidades que nadie, en ninguna parte, regala. Intentarlo, por lejos que sea. Siempre con un profundo respeto hacia la tierra de acogida, su gente, sus leyes y sus costumbres. Pero intentarlo, al fin y al cabo.

Es ahí donde muchos de los que lanzan sus opiniones sobre la inmigración con tanta facilidad se quedan mudos.

Serán miles los que sigan yéndose y viniendo cada día, y otros tantos los que los reciban en sus destinos con los brazos abiertos. Serán muchos los que les cierren las puertas o levanten muros para evitar su llegada, o alcen sus dedos para señalarlos con desprecio, o les compren el pasaje de retorno con el deseo de que nunca vuelvan. Y serán pocos los que lleguen a entender que tras cada inmigrante hay una historia, una serie de razones muy profundas, y una tristeza por lo que se dejó que a veces -pero sólo a veces- es mitigada por la alegría de lo que se encuentra.

Por mi parte, a este inmigrante que les escribe no le queda otra que seguir eternamente en movimiento. Porque me sentiré a la vez extranjero y nacional en España y Argentina. Porque extraño a mis dos tierras cuando estoy lejos, y porque no puedo partirme en dos. Porque en ellas he dejado memorias e historias. Y porque en ellas seguiré buscando esas piezas que necesito para llenar mis huecos internos, aún a sabiendas de que jamás las voy a encontrar.

Foto de Edgardo Civallero