21.2.17

El rumbo de las varillas

El rumbo de las varillas

Por Edgardo Civallero

Los habitantes de la Micronesia y la Polinesia, repartidos en cientos de islas esparcidas a lo largo y ancho del enorme océano Pacífico, fueron excelentes navegantes. Colonizaron ese mundo acuático viajando de islote en islote, y eso a pesar de carecer de sofisticados instrumentos de ayuda a la navegación, como pudieron ser el sextante, el astrolabio, la brújula o el cronómetro que emplearon los tempranos marinos europeos durante la llamada "Era de los Descubrimientos".

Algunos experimentados "buscadores-de-caminos" micronesios contaron, sí, con una ayuda, mucho más sencilla que los dispositivos de Europa: elementos que, a pesar de su aparente simplicidad, contenían los saberes de varias generaciones. Entre ellos se encontraban las cartas de navegación de varillas.

Tales planos oceánicos fueron usados en las islas Marshall, actualmente una república independiente ubicada al noreste de Papúa Nueva Guinea: una treintena de atolones coralinos comprendiendo un millar de islas e islotes organizados en dos cadenas, y poblados por unos 50.000 habitantes.

Aquellas delicadas estructuras estaban hechas de tiras de nervaduras de hoja de cocotero o de raíces de pandano, atadas con fibra de coco. Componían complejos patrones geométricos que mostraban las corrientes marinas alrededor de los atolones, y cómo las islas, islotes y arrecifes sumergidos alteraban la dirección y las características de esas corrientes. En las cartas, estas últimas eran señaladas mediante las propias varillas, mientras que las islas o los escollos eran marcados en las intersecciones de las mismas, con caracolas, dientes de tiburón o nudos de hilo.

Los habitantes de las Marshall elaboraban tres tipos de cartas marinas. Las mattang (también conocidas como wappepe) eran pequeñas, de silueta cuadrada, bastante simplificadas y abstractas, y se empleaban únicamente con propósitos didácticos, para enseñar los principios de lectura de islas y corrientes. Las meddo (o medo) mostraban islas reales y su posición relativa, así como las principales corrientes, dónde se cruzaban, dónde se curvaban, etc. Sólo cubrían una de las dos cadenas principales de las islas Marshall. Por último, las rebbelib eran idénticas a las meddo, pero abarcaban todas las islas.

El rumbo de las varillas
Dado que eran representaciones de una interpretación personal del mar y su geografía, solo podían ser leídas por aquel que las construía y, en todo caso, por sus herederos. La confección y comprensión de esas cartas, de todas formas, no era algo que estuviese al alcance de todos los isleños: como ocurrió y sigue ocurriendo con todos los conocimientos humanos que resultan estratégicos para una sociedad determinada, solo algunos dirigentes y grandes navegantes poseían y manejaban esos saberes, que eran transmitidos únicamente de padre a hijo.

Los dueños de las cartas no las llevaban consigo, sino que las estudiaban concienzudamente antes de un viaje. Para la navegación se reunía una escuadrilla de 15 o más canoas, que seguían las instrucciones del piloto principal, conocedor de los mapas.

Recién en 1862 los europeos tuvieron noticia de este sistema, cuando un misionero lo mencionó en sus escritos. En 1898 fue descrito cuidadosamente por un oficial naval, el capitán de corbeta Winkler, de la Armada Imperial Alemana, en un artículo publicado en la revista Marine-Rundschau. Zeitschrift für Seewessen (octubre, pp. 1418-39); Winkler comandaba el SMS Bussard, que estuvo estacionado en 1896-7 en las Marshall, por entonces colonia alemana.

Los marshaleses no fueron los únicos en crear su propia y peculiar cartografía: muchos otros pueblos lo hicieron. Los Tunumiit (Inuit de Groenlandia oriental), por ejemplo, tallaban pedazos de madera arrojados por el mar a la playa para elaborar mapas táctiles de la línea costera, los ammassalik.

Las cartas de varillas terminaron desapareciendo tras la II Guerra Mundial, cuando cesaron los viajes en canoa entre las islas. Unas islas –tradicionalmente llamadas jolet jen Anij o "regalo de Dios"– que fueron descubiertas y colonizadas por sus primeros pobladores hacia el 2000 a.C., precisamente mediante el uso de esos planos vegetales. Unas islas que, debido al cambio climático, probablemente terminarán desapareciendo, en breve, de todos los mapas.

Imágenes: Cartas rebbelib y mattang.