6.12.16

La palabra humana funciona

La palabra humana funciona

Por Sara Plaza

El siguiente texto, publicado originalmente en la revista Anfibia de la Universidad Nacional de San Martín (Argentina), se halla entre las páginas del libro "Eduardo Galeano. Un ilegal en el paraíso", que recoge aspectos de la vida y obra del escritor uruguayo de la mano de varios autores y está editado por Siglo XXI.

Abrazo de las palabras, por Elena Poniatowska

Eduardo Galeano era nuestro, era mexicano, era uruguayo, era chileno, era argentino, era paraguayo, era la sangre en nuestras venas abiertas, abarcaba al continente entero. Lo conocí hace cincuenta años en la casa de La Morena Nº 430, primera sede de la Editorial Siglo XXI. En torno a la mesa de los Orfila (Arnaldo Orfila Reynal y Laurette Séjourné) se reunían exiliados de las dictaduras de América Latina, intelectuales que condenaban los golpes de Estado. Chilenos, uruguayos, argentinos, ahí se sentían protegidos. A Galeano, el horrible argentino Videla lo tenía en su lista negra. Yo era la única inconsciente, libre y feliz en esa mesa, pero al leer sus libros me di cuenta de lo que podía significar la falta de libertad y adquirí, gracias a ellos, una conciencia que me hacía mucha falta.

Galeano nos cuenta nuestra historia desde la creación (Adán y Eva-El Popol Vuh) hasta 1986, cuando le escribe una carta a Arnaldo Orfila Reynal desde Montevideo y le asegura que escribir Memoria del fuego fue una alegría porque: “Ahora me siento más que nunca orgulloso de haber nacido en América, en esta mierda, en esta maravilla, durante el siglo del viento. Más no te digo, porque no quiero palabrear lo sagrado”.

Palabrear lo sagrado significa embarrar, echar a perder, festinar, utilizar, envilecer y eso fue precisamente lo que jamás hizo Galeano. Por eso se fue despojando uno a uno de todos los atributos de la gloria, de todas las prebendas y los reconocimientos y llegó limpio al final de su vida, desnudo de afeites.

Galeano recoge los episodios, los sentimientos, las ideas de nuestra historia que más lo impactan y los saca de los bolsillos de su pantalón mientras va caminando, como dulces que va regalando. Después de leerlo, conocemos mejor nuestro continente y lo conocen mejor los otros pueblos de la tierra. Nunca nadie le había hecho a la historia un servicio tan grande; ponerla al alcance de todos, sabios e iletrados.
Los iletrados son a veces quienes más saben.
Como decía Bernard Shaw: “Cuando tenía 7 años tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela”. Galeano vino a México en varias ocasiones y tuve el honor y el privilegio de entrevistarlo a veces en La Morena 430, a veces en la Fonda del Refugio, a veces en su hotel en el Paseo de la Reforma. Cada vez que venía, le rendía Galeano homenaje a México. Era fácil constatar cómo el escritor uruguayo iba despojándose de todo hasta quedar en un puro árbol escueto, a la manera de Juan Rulfo, su maestro.

–Rulfo decía que iba podando sus textos de toda la hojarasca para dejarlos en el puro árbol, el palo seco – insistí en una de las entrevistas.
–Él fue mi maestro. Me enseñó a escribir con el hacha además de con la pluma y yo te diría que escribir para mí es una persecución, una suerte de cacería de la palabra que huye, y una vez que me parece que la atrapé, la descubro muy vestida, entonces hay que desnudarla.
–¿Desnudar la palabra no implica un trabajo largo y difícil? –pregunté.
–Algunos de los cuentos míos empiezan de veinte páginas para terminar con una sola línea, como ocurrió con un texto de amor que está en el segundo tomo de Memoria del fuego y que se refiere a una bella y terrible historia. Una muchacha que se llamaba Camila O’Gorman, que se fugó con un cura a mediados del siglo pasado (siglo XIX) y fue fusilada por “delito de muerte, delito de amor”. Yo hice tres textos en Memoria del fuego sobre esa historia, y el segundo texto, el del medio, tenía que contar lo que ocurría entre ellos, y en la primera versión escribí más de veinte páginas, y después lo que quedó fue una sola frase que dice que ellos son dos por error que la noche corrige. Y todo el resto sobraba, y además el tema del amor ha sido tan manipulado, se ha escrito tanto sobre eso que resulta muy difícil decir algo que no haya sido previamente dicho. Este es el caso extremo, no siempre el proceso conduce de las veinte páginas a la línea sola, pero sí es verdad que hay una persecución difícil de la palabra, porque la recibimos muy vestida de retórica inútil y de toda una fronda que sobra rodeando a la que vale, la que merece existir, que es la que contiene electricidad de vida.

También era excelente lo que Galeano escribía sobre el amor que le tenía a Helena Villagra, su mujer: “No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada en los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya: pero tengo una mujer atravesada en la garganta”.

–Yo tuve una educación muy católica cuando era niño. Fui entrenado para malquerer a mi cuerpo como fuente de culpa y me costó llegar a celebrar mi cuerpo como fuente de fiesta, y he tenido a lo largo de mi vida tensiones que provienen de mi formación católica porque son tensiones que sobrevivieron a mi fe –respondió Galeano en alguna entrevista hecha en México, en Chimalistac.
–¿Ya no tienes fe?
–Perdí a Dios cuando tenía 12 o 13 años, pero las prohibiciones de mi infancia me han perseguido toda la vida.
–¿Qué prohibiciones?
–Lo difícil que a uno le resulta celebrar su propia libertad.
–También la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz se sintió acosada.
–Creo que reconozco muchos de esos tormentos en el alma atormentada de Sor Juana.

Galeano tenía obsesión por Sor Juana Inés de la Cruz y escribió de ella a todas sus edades: niña en 1655, joven en 1667, madura en 1681 y a punto de morir en 1693 y nos la hizo tan cercana como lo logró la gran actriz mexicana Jesusa Rodríguez, la única en este mundo que memorizó todo el Primero Sueño y lo dijo en voz alta en 1997 en la sala Miguel Covarrubias.

Galeano ensayista, cuentista, analista, también era un poeta.
–Me marcaron Machado, Salinas, Cernuda, García Lorca. Miguel Hernández también. Muchos escritores latinoamericanos de mi generación fueron marcados a fuego por esa palabra de los poetas españoles, prohibida o negada en su propia tierra– me dijo.
Y agregó:
–Yo creo en los libros que cambian a la gente. La prueba de que la palabra humana funciona está en quien la recibe, no en quien la da. Un texto es, a mi juicio, bueno cuando cambia a quien lo lee, cuando lo transfigura. Yo leo eso y dejo de ser el que era porque me he convertido en otra cosa a partir de la persona que era, he multiplicado mi energía que yo no sabía que contenía, se han encendido en mí fueguitos de la memoria, capacidades de indignación o de asombro que yo no sabía que tenía, fuentes de belleza que me crecen adentro y que son estimuladas por esas palabras que recibí. Esa es la palabra viva, la que vale la pena. La otra, la que te deja como estabas, puede sonar muy bien, pero no me sirve.

–Pero ¿quiénes son tus escritores de cabecera?
–Mira, en general a mí me gusta volver a algunos escritores que incorporé para siempre a mi vida. Yo pienso que la palabra, cuando de veras te llega, se te queda adentro, y adentro te crece y te multiplica. Entonces yo fui muy marcado por esos poetas españoles que te nombré y también por algunos escritores como por ejemplo Césare Pavese, el italiano, o algunos norteamericanos, curiosamente también muy al principio fui marcado por William Faulkner, a pesar de que la prosa que finalmente yo reconozco como mía no tiene nada que ver con ese estilo frondoso, pero yo respeto y amo la frondosidad del estilo cuando la complejidad del modo de decir expresa la complejidad del mundo, que es el modo de decir que está expresando. O sea, cuando yo siento que eso que me están diciendo no puede ser dicho de otra manera. Y en cambio no me siento muy atraído por la prosa frondosa, siento que giro en el vacío. A mí me gusta el lenguaje que nace de la necesidad de decir.
–¿Y Alejo Carpentier?
–Alejo Carpentier es quizás el mejor ejemplo de la prosa en lengua española del siglo XX. Un escritor frondoso, barroco y auténtico, o sea, el autor de textos en los que las palabras no suenan por sonar. Tengo una enorme admiración por él, y en algunos de sus libros siento que lo quiero mucho.

Seguramente, los mexicanos sentían que Galeano encarnaba la palabra, que él más que nadie se responsabilizaba de lo que decía, que él no quería que muriera la palabra, que él antes que cualquier otro era un dador de palabras, que él cumplía su palabra, que para él la palabra era su honor, y que a él nadie, ningún dictador, ningún verdugo, haría jamás que se tragara sus palabras porque su vida entera había sido la de vivir porque escribía, vivir como escribía y vivir para escribir. Por eso, el martes 9 de mayo de 2015, tres semanas después de su muerte, en un gran homenaje en la universidad, la UNAM, varios jóvenes estudiantes tomaron el micrófono por asalto y se pusieron a decirlo de memoria.