Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias, borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso de una idea, de un sueño o de una esperanza.

16.9.14

Meterse y salirse del cuadro

Meterse y salirse del cuadro

Por Sara Plaza

El siguiente cuento era la primera lectura de mi libro de Lenguaje de 6º de E.G.B. Se titula La huída del pintor Li y está recogido en "Pueblos y leyendas" de Herminio Almendros.

He aquí la curiosa historia de Li-Chen-jao, el pintor chino que, en tiempos ya lejanos, huyó del palacio imperial sin que nunca más se haya vuelto a saber de él.
Li nació en un lugar de una región húmeda y verde. Su vida de niño había sido alegre entre prados y blancos árboles floridos. ¡La aldea, su dulce aldea, sus viejos padres campesinos, el río transparente entre cañaverales de bambú...! Aquello era todo su gozo y toda su vida. Hasta cuando dormía sonreía soñando la luz de cristal del campo.
Desde muy pequeño dibujaba los peces y los pájaros en las piedras lavadas del río, y los rebaños y los pastores en las maderas de los establos. El yeso y el carbón eran lápices mágicos en sus manitas de niño.
Lí creció. En las aldeas y en los pueblos próximos todos hablaban de Li. Mucha gente venía por los caminos para ver las pinturas del joven artista. La fama de su mérito fue creciendo, creciendo hasta llegar al palacio del Emperador.
El emperador llamó a Li. Li se arrodilló tres veces ante el Hijo del Cielo, y tocó tres veces el suelo con su frente. El Emperador le dijo:
–Te quedarás aquí y trabajarás para adornar los corredores y salones del palacio. Ya he mandado prepararte en una de las salas tu taller bien provisto de colores y lacas y ricas maderas. Tu vida cambiará desde hoy. Ya no volverás allá donde naciste.
Li estaba triste. Ya no podría ver su casa en la dulce aldea blanca de árboles floridos a la orilla del río transparente y manos. Tendría que contentarse con soñar la alegría del campo en las cerradas salas del palacio guarnecido de barbados dragones de piedra.
Trabajaba sin descanso para agradar al Emperador. Sus pinturas llenaban los biombos lacados, las puertas de madera y de hierro y los muros de los templos y salones imperiales. Pero su pensamiento volaba a las bellas tierras húmedas donde había vivido feliz.
Un día Li pintó un gran cuadro maravilloso: el transparente cielo de su infancia, el campo de prados, el puentecillo de estacas en el río bordeado de bambúes, la blanca aldea a los lejos entre vuelos de patos salvajes, un rojo sol de aurora y un verde limpio de hierba húmeda.
Un gran cuadro maravilloso. Acudían a verlo príncipes y mandarines. Colgado en un lujoso salón del palacio, parecía una ventana abierta en el recio muro frente al más delicioso y sereno paisaje campesino.
Li había hecho su mejor obra; la que llevaba siempre en su pensamiento y en sus sueños. A él no le parecía una pintura de su país, sino su país mismo recogido en el cuadro como un milagro. Por eso se había pasado largas horas frente a él, aspirando su aire limpio y fragante; pero el pintor esclavo no podría entrar en las grandes salas destinadas a fiestas y recepciones de príncipes y nobles. Él había de vivir trabajando en su taller, olvidado de todos.
Li espiaba siempre para poder ver su cuadro a través de las puertas entreabiertas. Y un día, ausentes un momento los guardianes y criados, entró muy despacio, descolgó el campo verde y se lo llevó por corredores oscuros para esconderlo en su taller donde podría contemplarlo ilusionado.
La voz de alarma resonó imponente en el palacio y se extendió por toda la ciudad. La pintura maravillosa había desaparecido. El Emperador estaba furioso y amenazador. Mil soldados buscaron al ladrón. Llegaron a todas las casas y a todos los rincones. Por fin hallaron el cuadro en el taller de Li, escondido entre tablas y lienzos.
El Emperador mandó encarcelar a Li y le ordenó que siguiera pintando cuadros en la prisión para adornar su palacio.
Li no podía pintar. Le faltaba luz a sus ojos y alegría a su corazón.
Entonces lo llamó el Emperador y le dijo:
–Vendrás otra vez a vivir y trabajar en palacio. Para que te contentes te dejaré a solas con tu cuadro unos momentos cada día, pero si intentas algo que pueda enojarme serás castigado sin compasión.
Li continuó su trabajo. Cada día se le ensanchaba el alma de esperanza frente al campo libre de su verde país. Después, seguía sufriendo la pesada tristeza del palacio imperial.
Un día ya no pudo resistir más. Se encontraba solo en la amplia sala, ante el paisaje suyo, mirándolo con grandes ojos muy abiertos. Su aldea, su aldea verde y luminosa; ancho el campo para correr sin llegar al fin, para tragar el aire filtrado por los sauces, para abrazarse a los árboles, para cantar con el viento y oír su murmullo en los cañaverales de bambú..., para huir de este otro mundo negro y pesado como una cárcel. Sí, ancho el campo, allí cerca, blando de prados, para pisarlos, para correr allá con los brazos abiertos como alas... Y Li se acercó, se acercó, dio un pequeño salto, se metió en el cuadro, en el campo, en los prados, sin buscar los caminos, corriendo, corriendo, sin descanso, alejándose, haciéndose poco a poco pequeño, pequeño, pequeñito... hasta perderse en el horizonte azul.
Cuando los guardianes entraron para retirar a Li no lo encontraron. El Emperador se enfureció. Era imposible que hubiera salido de allí sin ser visto. Un sabio mandarín encontró la explicación del misterio. Li había huido por el cuadro, metiéndose y corriendo por el paisaje que había pintado. Aún se veían las huellas de sus pisadas en la hierba húmeda de los prados.

Hasta aquí uno de los cuentos que más me gustó de mi libro escolar, y que recordé hace algunas tardes cuando volvía a casa desde la huerta, con mi cosecha al hombro. Ese día la protagonista de la historia fui yo misma y en vez de meterme en el cuadro lo que hice fue salir de él. El pueblo estaba lleno de turistas, y los caminos, senderos y trochas que discurren por las laderas de las montañas no fueron ajenos a esta afluencia de paseantes. En general van en grupos numerosos, y habitualmente hablan entre sí a gritos, por lo que no resulta difícil escuchar freses sueltas de la conversación. Una se entera así de que los olmos que bordean el camino que recorre todos los días han pasado a ser avellanos bajo la atenta mirada del guía de la excursión, o de que las moras no se recogen cuando están negras sino cuando rojean. Descubre también que todo lo que siempre ha estado ahí aparece ante los ojos de los visitantes como recién puesto para su uso de disfrute, y que los hortelanos del pueblo resultamos muy pintorescos pero afeamos la foto.
Como comentaba más arriba, la tarde en cuestión yo acababa de estar regando en la huerta que se encuentra a poco más de un kilómetro del pueblo, en la ladera de una de sus montañas. Llevaba ropa y zapatillas desgastadas, un sombrero de paja, una vieja mochila y la bolsa de tela donde acomodo la cosecha que recojo cada día. En un recodo del estrecho camino me salieron al paso un par de perros que corrieron a olisquearme y arrimaron sus hocicos a la bolsa. Enseguida oí que alguien los llamaba y que a mí me decía que no me asustara que no hacían nada. Unos metros más adelante me encontré con un tropel de gente. Unos estaban de pie en medio del sendero, otros se habían sentado en unas piedras a la orilla del mismo y había algunos subidos a la pared de una finca. Había hombres, mujeres y niños, y la mayoría de los adultos me vio a través de la pantalla de su smartphone. Al darse cuenta de que algo en el cuadro se movía y avanzaba hacia ellos se asomaron incrédulos desde detrás del teléfono y torcieron el gesto. Mi presencia en medio el paisaje les había estropeado la instantánea y no disimularon su fastidio. Seguí avanzando escoltada por los perros. Una voz distinta los llamó de nuevo y las demás se amortiguaron a mi paso. Volví oírlas en animada conversación cuando salí del cuadro y comencé a alejarme. "Parecía del pueblo", "llevaba tomates", "¿pero aquí todavía cultivan?", "¿y tienen las huertas en mitad de la montaña?", "yo pensaba que esto era un parque natural".

La que estaba de más en el camino que recorría todos los días era yo; la que desentonaba en el paisaje del que formaba parte era yo. Hacía más de cuatro horas que había hecho ese camino en sentido inverso, y durante ese tiempo había estado arreglando los surcos de los tomates, los pimientos, las berenjenas y las judías, entre los que a diario picotean los mirlos y los petirrojos. Había estado desyerbando puerros y cebollas, y tapando algunos de los agujeros que por las noches vuelven a hacer los topos. Había estado recogiendo fresones, frambuesas y peras bajo la atenta mirada de los rabilargos. Había visto bajar a beber a los herrerillos al charquito que se había formado alrededor de la planta de calabacín. Había seguido con la mirada a las hormigas para descubrir dónde habían establecido una nueva colonia de pulgones. Había regado las patatas y recogido semillas de lechuga. Había acariciado las hojas de la hierbabuena y me había sonreído al descubrir que, como el orégano y el poleo, tenía flores de nuevo. Había echado un vistazo a las mazorcas de maíz, por si podía llevarme alguna más a casa. Había escuchado el relincho del pájaro carpintero, y el "tsac-tsac" de la tarabilla, similar al sonido producido al golpear dos piedras entre sí. No había logrado ver al sapo que suele dormitar en el aljibe, pero sí a las ranas que saltaron y se zambulleron en la poza nada más sentir mis pasos. Como digo, llevaba más de cuatro horas envuelta en el sonido del goteo del riego, de las peras que se iban cayendo, primero en la red y luego al suelo, de las hojas secas de las plantas de maíz que crujían con el viento, de los muchos pájaros que aterrizaban en las ramas de los fresnos y se columpiaban en las de los ciruelos, de las lagartijas que corrían a esconderse en las rendijas... llevaba más de cuatro horas trajinando con frutas y hortalizas, enrollando y desenrollando mangueras, abriendo y cerrando llaves de paso... y toda esa realidad resultaba absolutamente irreal para aquellos turistas a los que una huerta en mitad de la montaña se les antojaba poco menos que inimaginable, y mi repentina aparición con la cosecha al hombro algo fantástico, cuando no molesto, más propio de las páginas de una selección de fábulas que de la foto digital en la que acababa de colarme.

Fotografía de Sara Plaza.

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