28.3.17

El hombre y su necesidad de autoengaño

El hombre y su necesidad de autoengaño

Por Sara Plaza

«Abajo del campamento, en el bosque de tilos y arces, el viejo botánico que me ha acompañado a la montaña ha descubierto un haya gigantesca, de más de cuarenta metros de alto, único fósil vegetal superviviente de la era glacial, de más de un millón de años de antigüedad. Hay que levantar la cabeza para ver, en lo alto de sus desnudas ramas, unas tiernas hojas minúsculas. El tronco tiene un gran hueco que podría servir de madriguera a un oso. El viejo botánico me hace entrar en él asegurándome que, aunque se albergue allí un oso, sólo sería posible encontrarlo en invierno. Me meto dentro: las paredes están tapizadas de musgo. También en el exterior el gran árbol se halla recubierto de aterciopelado musgo. Sus raíces y ramas enmarañadas se insinúan cual dragones y serpientes entre los matorrales y las altas hierbas.

–Joven, aquí tiene la naturaleza en estado realmente virgen –dice golpeando el tronco con su piolet. Llama a todos los miembros de la reserva "jóvenes". Ya sexagenario, conserva una salud envidiable. Valiéndose de su piolet a modo de bastón, no para de recorrer las montañas.

–Talan los árboles de madera preciosa para hacer materiales con ella. De no haber tenido este hueco, también éste hubiera caído. No puede decirse, en sentido estricto, que sea éste ya un bosque primitivo. Todo lo más es un bosque primitivo de "segundo orden" –suspira él.

Ha venido a recoger ejemplares de bambúes-flechas, el alimento de los pandas. Yo le acompaño introduciéndome entre la espesura de bambúes secos, más altos que un hombre. No encontramos ningún bambú vivo. Me explica que han de pasar sesenta años desde el momento que florecen y germinan y el que se secan, luego vuelven a echar brotes otra vez antes de un nuevo florecimiento. Tal es exactamente la duración de un kalpa, la sucesión de las existencias y de los renacimientos en la religión budista.

–El hombre sigue las vías de la Tierra, la Tierra sigue las vías del Cielo, el Cielo sigue las vías de la Vía, y la Vía sigue sus propias vías –recita con fuerte voz–, no hay que llevar a cabo actos en contra de la naturaleza, no hay que aspirar a lo imposible.

–¿Qué valor científico reviste la salvación de los pandas?

–No es más que un símbolo, un consuelo, el hombre tiene necesidad de engañarse a sí mismo. Por un lado, salva una especie que ha perdido su capacidad de supervivencia, pero por otro, acelera la destrucción del entorno que le permite subsistir. Fíjate en las dos orillas del Minjiang, todos los bosques han sido talados y el mismo río no es más que una corriente de negro lodo. Y no hablemos ya del Yangtsé. ¡Y encima quieren hacer un lago artificial! ¡Construyendo una presa a la altura de las Tres Gargantas! Por supuesto que es muy romántico tener proyectos fantásticos. La historia atestigua que ha habido varias veces hundimientos del terreno en esta región de falla geológica y la construcción de la presa va a destruir todo el equilibrio ecológico de la cuenca del Yangtsé. ¡Si alguna vez hay un gran terremoto, los cientos de millones de habitantes que viven en el curso inferior y medio del río se verán convertidos en peces! Por supuesto, nadie quiere escuchar las palabras de un viejo como yo. ¡El hombre saquea la naturaleza, pero la naturaleza acabará por tomarse venganza!

Estoy en el bosque en medio de los helechos que nos llegan hasta la cintura y cuyas enrolladas hojas se asemejan a inmensos embudos. De un verde esmeralda aún más vivo, las Rodgersia aesculifolia son de siete hojas verticiladas. Por todas partes hay una atmósfera saturada de humedad. No puedo evitar preguntarle:

–¿No hay serpientes en esta maleza?

–Aún no es la estación, pero al comienzo del verano, cuando el tiempo se suaviza, se vuelven peligrosas.

–¿Y bestias salvajes?

–¡No es a ellas a las que hay que temer, sino más bien al hombre!

Me explica que en su juventud, se topó un día con tres tigres. La madre y su cría pasaron cerca de él. El tercero, el macho, levantó la cabeza y se acercó. Se miraron, luego el animal desvió la mirada y se alejó a su vez.

–Normalmente, el tigre no ataca al hombre más que cuando éste le persigue por todas partes con intención de exterminarlo. No se encuentra ya rastro de tigres en la China meridional. Tendrías que ser realmente afortunado para encontrar uno ahora.

Lo dice en un tono burlón.

–¿Y el licor de huesos de tigres que venden por todas partes?

–¡Es puro caramelo! Ni siquiera los museos consiguen tener ya ejemplares. En estos diez últimos años, no se ha comprado una sola piel de tigre en todo el país. Alguien fue a la aldea de Fujian para comprar un esqueleto de tigre, pero una vez analizado ¡se vio que se trataba de huesos de cerdo y de perro!

Se echa a reír, después, ahogándose, descansa un momento apoyado en su bastón de montañero:

–He escapado en varias ocasiones a la muerte en mi vida, pero nunca a causa de las garras de los animales salvajes. En cierta ocasión, fui secuestrado por unos bandidos que pretendían intercambiarme por un lingote de oro, creyendo que había nacido en una familia adinerada. No se imaginaban que un pobre estudiante como yo, que investiga en las montañas, no tenía otros bienes que un reloj prestado por un amigo. Otra vez, fue durante un bombardeo japonés. La bomba cayó sobre la cumbrera de la casa donde yo vivía, haciendo volar todas las tejas del tejado, pero no estalló. La tercera vez fue cuando me denunciaron, acusado de ser "derechista" y enviado a una granja para ser reeducado. Durante el periodo de catástrofes naturales, no había ya nada que comer, mi cuerpo estaba cubierto de edemas y a punto estuve de palmarla. ¡Joven, no es la naturaleza la que causa espanto, sino el propio hombre! Te bastará con familiarizarte con la naturaleza y ella se acercará a ti. El hombre, si es inteligente, por supuesto, es capaz de inventarlo todo, desde las calumnias hasta los bebés probeta, pero al mismo tiempo extermina a diario dos o tres especies en el mundo. Este es el gran autoengaño de los hombres.»

Gao Xingjian. La Montaña del Alma. Barcelona: Planeta, 2001, pp. 71-74.

Imagen. Pintura de Gao Xingjian