21.11.17

Cocolos y guloyas

Cocolos y guloyas

Por Edgardo Civallero

Tras la llegada de los europeos en 1492 a la isla de La Española (Antillas Mayores, actualmente dividida entre Haití y la República Dominicana), la población indígena, calculada en al menos un millón de personas, se redujo de manera tan veloz y tan drástica a causa de las guerras, las enfermedades y la increíble tasa de suicidios, que los conquistadores se vieron obligados a buscar rápidamente nueva mano de obra esclava.

Ya en 1502 —solo una década después del primer desembarco de Colón— comenzaron a llegar prisioneros africanos al Caribe. Los primeros en arribar fueron los ladinos: esclavos generalmente bautizados, familiarizados con la lengua y la cultura castellana, cuya presencia en la península Ibérica se remontaba al menos un siglo. Luego (desde 1505 en adelante, según las fuentes) empezaron a llegar los llamados bozales, directamente desde África. Estos últimos no tenían ningún conocimiento del idioma ni de las formas de vida europeas.

Entre los bozales abundaron los rebeldes golofes, pertenecientes al pueblo Wolof del actual Senegal, y aquellos originarios de Guinea. Las olas de esclavos africanos que les siguieron fueron capturadas cada vez más al sur siguiendo la línea de costa occidental africana, hasta llegar a Angola.

A partir de 1697, la mitad oriental de La Española fue cedida a Francia, mientras que la occidental fue conservada por la corona hispana. Para mediados del siglo XVII, la sección francesa estaba habitada por 300.000 esclavos africanos y 12.000 colonos europeos. Las crueldades llevadas a cabo por los colonos condujeron a una sangrienta rebelión de los siervos, y a la proclamación de la independencia de Haití —un estado con mayoría casi absoluta de población afro-descendiente— en 1804.

En 1822, los haitianos ocuparon la mitad española de la isla, de modo que toda La Española quedó bajo su poder hasta 1844. Si bien el comercio local de cautivos africanos fue suprimido, la población de ascendencia africana no dejó, por eso, de aumentar y, desde un punto de vista cultural, de enriquecerse.

A finales del siglo XIX, numerosos trabajadores afro-caribeños se desplazaron desde las Antillas Menores, anglófonas y francófonas, a lo que para entonces ya era la República Dominicana. Los primeros inmigrantes procedían de las isla Turcas y Caicos a Puerto Plata, en la costa norte de La Española, tras la Guerra de Restauración dominicana (1863-1865). Eran carpinteros, herreros y maestros de escuela que huían de la crisis económica que afectaba las Bahamas y regiones vecinas. Muchos llegaron también como estibadores de los barcos de línea de la Clyde Steamship Co., que dominó el negocio por años.

Cuando comenzó a construirse el ferrocarril entre Puerto Plata y Santiago de los Caballeros, a fines del siglo XIX, muchos más vinieron a trabajar desde las Turcas, y también desde Saint Thomas, entonces una colonia danesa (y hoy parte de las islas Vírgenes estadounidenses).

Cocolos y guloyas
Justamente cuando acababa el siglo XIX, la inestabilidad de una de las industrias más florecientes de República Dominicana —la azucarera, con base en la ciudad de San Pedro de Macorís, en la costa sur— hizo que los empresarios locales se dedicaran a contratar mano de obra barata. Apostaron sobre todo por inmigrantes afro-descendientes, procedentes de la miríada de islas del Caribe oriental, colonias de Reino Unido, Francia, Países Bajos y Dinamarca. En un principio a los recién llegados se los denominó tórtolos (originarios de la isla de Tórtola, hoy en las islas Vírgenes británicas); más tarde serían llamados despectivamente cocolos, cuyo origen etimológico aún se discute.

Con el paso del tiempo, ese vocablo dejó de usarse para referirse únicamente a los afro-caribeños de habla no hispana (en especial a los anglófonos asentados en San Pedro de Macorís), y fue empleado para etiquetar a la gente de piel más oscura que la media, o bien a todos los afro-descendientes, o a pobres de cualquier grupo étnico que viviesen en las zonas costeras, menos desarrolladas que las del interior. El término terminó saltando a islas vecinas, como Puerto Rico, y llegó a Estados Unidos con la diáspora dominicana. Desde mediados del siglo XX es utilizado con orgullo por aquellos que se auto-identifican con la música afrolatina (palos, salsa, etc.) en oposición al rock, entre otros.

Los cocolos llevaron sus costumbres y tradiciones a República Dominicana. Protestantes llegados a un país católico romano, se vieron forzados a crear sus centros de culto, que fueron estableciéndose en localidades como La Romana, Puerto Plata y la propia San Pedro de Macorís. También introdujeron deportes como el cricket y el boxeo; con el tiempo, el cricket fue abandonado en favor del beisbol y el baloncesto.

También aportaron su música y sus danzas. Entre ellas se encuentra una expresión aún mantenida por los cocolos dominicanos: los guloyas.

Declarados Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por la UNESCO en noviembre de 2005, los guloyas podrían definirse como una forma de teatro callejero danzante: una comparsa de enmascarados, vestidos de forma muy colorida (plumas de pavo real, espejuelos, cascabeles, telas brillantes), que desfilan con vejigas de toro y fustas en la mano. Exhiben numerosas coreografías y pasos de danzas, y se acompañan con un conjunto instrumental que no se emplea en otras zonas de República Dominicana: pífano, bombo, redoblante y triángulo.

El desfile puede ser puramente musical (con características fuertemente africanas), o consistir en una representación teatral. En este último caso, los guloyas son herederos de las mummers' plays inglesas y escenifican obras asociadas al folklore inglés medieval. Entre las muchas historias que los guloyas tienen en su repertorio se encuentran algunas leyendas británicas, y episodios bíblicos como el de David y Goliath. De hecho, del nombre (deformado) del célebre gigante filisteo derivaría guloya.

Los guloyas suelen aparecer en Navidades, entre el 25 de diciembre y el 6 de enero (aunque en la actualidad han ampliado su calendario, y se presentan también en Carnavales y algunas fiestas patrias). Sumadas a sus representaciones teatrales, llevan a cabo las parrandas navideñas: van de casa en casa, cantando y tocando, y bebiendo guavaberry, una bebida tradicional hecha con ron y bayas de Myrciaria floribunda, que dio origen a una famosa canción del músico dominicano Juan Luis Guerra. Una que define e inmortaliza, en unas pocas frases, el mundo cocolo de Macorís.

I wanna dance in the streets / of San Pedro de Macorís. / I wanna hear the song / of cocolos beating their drums. / Drinking my guavaberry / watching the sun go down, / woman, that's all I need / in San Pedro de Macorís.

Artículo. Ladinos y bozales. Los primeros negros en las Américas.
Artículo. Guloyas o buloyas: un patrimonio dominicano para la humanidad. Long Island al día.

Imagen 01 | Imagen 02.