25.7.17

¿Somos sardinas cercadas?

¿Somos sardinas cercadas?

Por Sara Plaza

Compartimos un artículo del escritor británico Paul Kingsnorth, uno de los fundadores del Dark Mountain Project, publicado originalmente en el diario New Statesman bajo el título "The End of Solitude". Dicho artículo ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero con permiso expreso del autor, del cual también hemos traducido y publicado en este espacio: "Ecología oscura. Buscando certezas en un mundo post-verde"; "En el salón negro", que recoge sus reflexiones después de visitar la cueva de Niaux en los Pirineos franceses; una entrevista con el conservacionista y filántropo Douglas Tompkings y su esposa Kristine, que Kingsnorth recuperó con motivo del fallecimiento del primero hace más un año y medio; "La llamada de la naturaleza", donde el autor cavila sobre el mundo no-humano; "2016: El año de la serpiente"; y "El axis y el sicómoro", sobre la nueva era Axial que estaríamos atravesando y la importancia de los relatos.

El fin de la soledad

Michael Harris, autor del recientemente publicado Solitude, es un escritor canadiense que vive en una gran ciudad y cuya vida está, como tantas vidas occidentales hoy en día, determinada y circunscrita por las tecnologías digitales. Le resulta difícil dejar su teléfono en casa no vaya a ser que olvide algo. Le preocupa su reputación en las redes sociales. Utiliza apps, juega jueguitos, y acude a la inteligencia colectiva [conciencia global, mente de colmena, hive-mind en inglés] para que le diga qué películas ver y dónde comer. Esto es lo que ocurre cuando va de vacaciones a París:

Al bajarme del tren procedente de Londres, invité a una simpática app a que me guiase hasta un hotel cerca de Pompidou [...]. A la mañana siguiente Yelp me condujo hasta un encantador café en Le Marais. Allí, emulando a un mago, sostuve mi teléfono por encima de la carta y esperé hasta que Google Translate me devolviese las palabras en inglés. Cuando llegó el camarero le hablé a mi teléfono y él repitió mis palabras al sonriente garçon en un suave francés robótico. Más tarde, en el Louvre, dejé que un sistema de teledirección patrocinado por Nintendo siguiese mis pasos por la escalera centenaria de Daru, mientras miraba de reojo el puntito brillante azul usted-está-aquí [...].

Aterrador, ¿verdad? Eso es lo que pensé yo mientras lo leía, y Harris pensó lo mismo después. Fueron situaciones como esta las que le hicieron darse cuenta de que su vida estaba controlada, delimitada y monitorizada a distancia por las tecnologías, y las que le llevaron a preguntarse si la soledad –el acto y el arte de estar solo– estaba en peligro.

Harris intuye que estar a solas con nosotros mismos, prestar atención al silencio interior y ser capaz de experimentar el silencio exterior, es una parte esencial de ser humano. Él se acuerda de cómo se sentía al hacerlo, antes de que Internet introdujese la ansiedad y adicción social en su vida. "Empecé a recordar", escribe, "un apacible distanciamiento, una certidumbre en la que alguna vez había podido habitar durante una hora seguida".

¿Qué es lo que ocurre cuando ese apacible distanciamiento es destruido por la Internet de Todo [IoE, por sus siglas en inglés], la vida en las grandes ciudades, la obsesión implacable de estar con otros, en contacto, todo el tiempo? Hay mucha gente que ya sabe la respuesta, o la sabría si se hiciese la pregunta. Casi la mitad de los estadounidenses, nos cuenta Harris, duerme actualmente con sus smartphones en la mesita de luz, y el 80% lo atiende cuando aún no ha transcurrido un cuarto de hora desde que se levantó. Las tres cuartas partes de los adultos utilizan regularmente las redes sociales. Pero eso no es nada comparado con el avance desenfrenado de la llamada Internet de las Cosas. En los próximos años, entre 30.000 y 50.000 millones de objetos, desde coches hasta camisas, pasando por botes de champú, estarán conectados a la red. Usted estará rodeado de Internet por todas partes lo quiera o no, y estará atrapado en su malla como una mosca. Por algo se llama red.

Puede que yo no sea el lector ideal para este libro. Hacia la página 20, después de unos pocos datos más del mismo cariz, me encontré garabateando en los márgenes: "¡Acaba con todos!". En realidad no es culpa del autor. Suelo comportarme así cada vez que me veo forzado a leer listados en los que se enumera cómo la tecnología digital está arruinando la existencia humana. Hay un montón de listas como esta circulando por ahí en estos momentos, porque la irrefrenable e irreflexiva fiebre actual por conectar todo a la red se ha adueñado de nuestra sociedad como una enfermedad. ¿Sabía usted que las vacas están ahora conectadas a Internet? En la página 20 Harris nos dice que algunas vacas lecheras suizas, con tarjetas SIM implantadas en el cuello, envían mensajes de texto a los ganaderos cuando están en celo y listas para ser inseminadas. Si esto no ha hecho aflorar su Unabomber interior, probablemente usted ya no tenga remedio. O tal vez sea yo quien no lo tenga.

¿Cuál es el problema? ¿Por qué me molesta todo esto y por qué le molesta a Harris? La respuesta es que todas estas cosas atentan contra y amenazan con destruir algo antiguo y difícil de definir, que es también la fuente de buena parte de nuestra creatividad y la esencia de nuestra humanidad. "La soledad", escribe Harris, "es un recurso". Él la compara con un nicho ecológico, dentro del cual se desarrollan nuevas ideas, una comprensión del yo y por lo tanto una comprensión de los otros.

El libro está lleno de ejemplos de la genialidad que emana de los momentos silenciosos y solitarios. Beethoven, Dostoevsky, Kafka, Einstein, Newton, todos desarrollaron sus ideas y planteamientos retirándose de la multitud. Peter Higgs, el premio Nobel que descubrió el bosón de Higgs, hizo su mejor trabajo en paz y soledad en los años 60. Él sugiere que lo que hizo entonces sería imposible de hacer hoy, porque en este momento es virtualmente imposible encontrar esa soledad en el campo de la ciencia.

Es la colaboración, no la individualidad, lo que está fetichizado actualmente, tanto en el mundo de los negocios como en el de la ciencia y el arte, pero Harris advierte que la colaboración a menudo desemboca en conformismo. En compañía de los demás, la mayoría de nosotros sucumbe a las presiones de seguir al grupo. Solos tenemos más posibilidades de reflexionar, de ver las cosas de modo diferente, de situarnos en un lugar donde nos sintamos libres de la muchedumbre para mediar nuestra experiencia única del mundo. Sin soledad, escribe, la genialidad –que, en última instancia surge de diferentes maneras de pensar y mirar– se vuelve imposible. Si la cabaña de Thoreau en el bosque hubiera tenido wifi, nunca habría escrito Walden.

Con todo, no son solo los genios quienes tienen un problema: las mentes corrientes como la suya y la mía están amenazadas por la naturaleza hipersocial de esta conversación en sesión continua. Harris insinúa que una civilización puede juzgarse por la calidad de sus fantasías. ¿Quién sueña despierto hoy en día? En lugar mirar a través de la ventanilla del tren las cabezas están hundidas en los smartphones, o conectadas al audio de una película en streaming. En lugar de permanecer ociosa en la parada del autobús, la gente se dedica a cargar entretenimientos: solo en el primer trimestre de 2015, los juegos de móvil de King, el creador de Candy Crush, se jugaron 1600 millones de veces al día.

Si usted se ha maravillado alguna vez ante el comportamiento de esas filas de gente en la estación de tren, o en la calle, o en un café, las cabezas sepultadas en sus teléfonos como zombis, incapaces o poco dispuestos a levantar la mirada, Harris le confirma sus peores temores. Los desarrolladores de apps, juegos y redes sociales se dedican a atraparnos en lo que llaman bucles lúdicos. Se trata de breves ciclos de acciones repetidas que alimentan el deseo de recompensa de nuestro cerebro. Cada punto que usted consigue, cada golosina [candy] que usted aplasta [crush], cada retuit que obtiene, le proporciona a su cerebro un "chute" de dopamina que hace que usted vuelva a por más. Usted non está teniendo un poco de diversión inofensiva: usted es un adicto. Una empresa tecnológica se ha apropiado de su soledad y le ha dado un valor económico. No es usted quien juega el juego, están jugando con usted.

¿Qué hacer al respecto? Esa es la pregunta del millón, pero el libro no puede responderla. Harris dedica muchas páginas a defender la importancia de la soledad y a analizar las fuerzas que la están fracturando actualmente. Sin embargo, también él parece dividido a la hora de decidir cuánto quiere o puede asumir. Es capaz de ver el daño que causa un mundo permanentemente encendido pero vive en el centro del mismo, todos sus amigos son parte de él, y no quiere alejarse demasiado. Entiende el valor de la soledad pero no le gusta mucho, y tampoco quiere experimentarla demasiado a menudo. Dejará de revisar las estadísticas de su Twitter pero no cerrará su cuenta.

Al final del libro Harris se retira "a lo Thoreau" a una cabaña en el bosque durante una semana. Mientras leía ese breve último capítulo, pensaba que ojalá hubiese sido el primero, que ojalá hubiese pasado más tiempo en la cabaña, que ojalá hubiese sido más claro y hubiese indagado más, que ojalá hubiese llegado más lejos. ¿Quién escribirá el Walden de la Era de Internet? El libro de Harris está repleto de datos y argumentos y tiene pasajes muy bien escritos, pero el autor se muestra temeroso a la hora de explorar las profundidades. Tal vez tenga miedo de lo que pueda encontrar allí abajo.

Al final Solitude es un poco una excusa amable para no hacer nada. Al cabo de 200 páginas de datos cada vez más preocupantes sobre el efecto de la tecnología y la gran ciudad en todo, desde nuestros hábitos lectores hasta nuestra capacidad para establecer relaciones; y después de advertirnos en la última página que corremos el riesgo de convertir "la mente en una isla de Pascua", el autor regresa a Vancouver, le dice a su novio que le ha echado de menos y a continuación... ¿a continuación, qué? No lo sabemos. El libro termina sin más, dejándonos la impresión de que la evidencia acumulada conduce a una conclusión demasiado tremenda como para ser asumida por el autor, y talvez por sus lectores, pues hacerlo supondría poner todo en entredicho.

En esto Solitude refleja la estructura de muchos otros libros de su clase: el Libro Advertencia de No-Ficción [Non-Fiction Warning Book (NFWB), por sus siglas en inglés], podríamos llamarlo. Se elige un tema –la infancia perdida, la soledad perdida, la naturaleza perdida, lo que sea perdido, hay mucho donde escoger–, se lleva al lector al trote por varios cientos de páginas con anécdotas, ciencia, entrevistas e historias que, inevitablemente, le inducen a concluir que todo está jodido... y luego se da marcha atrás. Algo así como ser engañado por un timador experto. Sí, la tecnología está socavando nuestro sentido del yo y haciendo estragos en nuestras relaciones con los demás, pero la solución no es dejar de utilizarla, simplemente moderarla. Sí, las grandes ciudades están destruyendo nuestras mentes y el planeta, pero la solución no es salir de ellas: es moderarlas de alguna manera, de alguna forma.

"Moderación" es lo que pide siempre el NFWB, dirigido como está al lector medio a quien le gustaría que las cosas mejoraran, pero que no quiere cambiar mucho, o no sabe cómo hacerlo. Con esto no pretendo condenar a Harris, ni su razonamiento: la mayoría de nosotros tampoco queremos cambiar mucho o no sabemos cómo. De lo que tratan los libros como este es del problema de la modernidad, el cual resulta inextricable y no admite moderación. Puedes mantenerte alejado de tu pantalla durante una semana, pero la máquina va a seguir hurtando libertades sin ti. El poeta Robinson Jeffers escribió una vez que estando sentado en una montaña, mirando las luces de la ciudad más abajo, le vino a la cabeza una red de cerco en la que las sardinas nadaban sin saberlo hacia una gigantesca bolsa que iba a cerrarse firmemente atrapándolas en su interior. "Pensé, hemos engranado las máquinas y las hemos acoplado para que funcionen de manera interdependiente; hemos construido grandes ciudades; ahora / No hay escapatoria", anotó. "El círculo se ha cerrado, y la red / está siendo levantada".

Habida cuenta de las circunstancias –y son nuestras circunstancias– la única conclusión honesta que puede sacarse es que el problema, causado principalmente por la dirección tecnológica que lleva nuestra sociedad, va a empeorar. No hay un escenario creíble en el que podamos seguir por el mismo camino sin que el problema de la soledad, o de la falta de ella, deje de agravarse.

Sabiendo esto, ¿cómo puede Harris regresar a casa una semana después, dejar el bolso e instalarse de vuelta en su hiperconectada vida urbana? ¿No tiene el deber de rebelarse y de pedirnos que nos rebelemos? Tal vez. El problema del autor es nuestro problema común en un momento de la historia en el que las predicciones distópicas de un mundo feliz se están quedando anticuadas. Incluso si Harris quisiese rebelarse, no sabría cómo, porque ninguno de nosotros sabría. Sin un colapso catastrófico que nos deje sin luz de manera permanente, no podemos escapar de lo que las empresas tecnológicas y su domesticado cerebro colectivo han planeado para nosotros. El círculo se ha cerrado, y están recogiendo la red. Igual nos da tiempo a echar otra partida al Candy Crush mientras esperamos que la arrastren hasta la cubierta.

Imagen: The Noosphere de Charles Glaubitz.