Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias, borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso de una idea, de un sueño o de una esperanza.

18.11.14

Verdes ideas verdes

Verdes ideas verdes

Por Edgardo Civallero

"En todos los escenarios de la bio-economía o la economía verde, los derechos políticos, sociales, económicos y culturales quedan, en su mayor parte, fuera de la foto. Es grave notar que, aparte de hacer alguna referencia a los efectos sobre el mercado de trabajo, ningún debate sobre economía verde incluye consideración alguna sobre derechos humanos, cuestiones de distribución o derechos democráticos de participación como componentes clave de dicha economía. Podría esperarse que un organismo de la ONU como el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente [UNEP, por sus siglas en inglés] integre en su concepto de economía verde las normas y parámetros más importantes del derecho ambiental internacional y de los derechos humanos. ¿Quién más se supone que debe reunir los principios, derechos y normas recientemente consagrados en el derecho internacional (principio paga-polución, principio de precaución, derecho al agua, derecho a la alimentación) sino las Naciones Unidas? Hacer una referencia de pasada a las tres dimensiones de la sostenibilidad es algo lamentablemente inadecuado a estas alturas. La dimensión social es vista casi exclusivamente desde la perspectiva del mercado de trabajo y la reducción potencial de la pobreza. Pero los derechos sociales y políticos son algo mucho más amplio. Los gobiernos tienen la obligación de hacerlos cumplir, y las empresas tienen la obligación de ponerlos en práctica. La economía verde necesita una clara brújula social, con políticas distributivas que favorezcan a la gente y a la quinta parte más pobre de la población en todas las sociedades, y que favorezcan a los pobres y muy pobres en los países en desarrollo y las economías emergentes. El control democrático y la participación social como base para la acción económica son puntos ciegos. Ninguno de los documentos actuales –desde los de UNEP a los de la OECD– los cubre adecuadamente; ni siquiera se acerca a ellos.
Por desgracia, la impía alianza de los gobiernos de los países industrializados, los países en desarrollo y las economías emergentes también está unida en este tema: los derechos humanos y los principios democráticos con demasiada frecuencia quedan en el camino cuando se trata de defender los intereses de los grupos de presión y los intereses nacionales de los países económicamente poderosos. Las naciones industrializadas, por ejemplo, no están particularmente interesadas en las consecuencias cotidianas del cambio climático para los derechos humanos o en las consecuencias sociales de los acuerdos comerciales bilaterales, siempre y cuando no se produzcan en casa. Y las economías emergentes y los países en desarrollo (junto con algunas empresas con sede en los países industrializados) aún muestran, lamentablemente, muy poco interés por lograr que sus poblaciones disfruten de las normas sociales, los derechos laborales y la participación democrática. Es poco probable, por lo tanto, que se gaste aliento en Río [Conferencia de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas Río de Janeiro 2012] hablando sobre derechos políticos, sociales, económicos y culturales.
El principio básico de una perspectiva de derechos humanos se podría resumir de la siguiente manera: la supervivencia tiene prioridad sobre una vida mejor. Los derechos humanos generales tienen prioridad sobre un estándar de vida más alto, tanto en el Norte como en el Sur. En tiempos de escasez a gran escala, el medio ambiente y la política de recursos también determinan quién recibe cuánto del espacio ambiental global. En la actualidad este espacio está dividido con una sorprendente falta de equidad. En ausencia de un sistema de distribución que sea equitativo en términos de recursos y clima, mientras más se acerque el uso de los recursos o la contaminación atmosférica a los límites de la sostenibilidad, menor será lo que quede para la mayoría marginada de los habitantes de la Tierra. Con el fin de dar prioridad a las necesidades básicas, por lo tanto, una política de recursos y medio ambiente más cosmopolita necesita promover una reducción en el consumo de recursos en los países industrializados. Alrededor de un tercio de la población mundial depende del acceso directo a los recursos naturales. A menudo se sustentan en ecosistemas como sabanas, bosques, ríos, lagos, campos y zonas costeras, cuyos recursos son codiciados por empresas públicas y del sector privado. Muchos espacios naturales y culturales se están perdiendo irremediablemente casi a diario. Esta situación es poco probable que cambie a menos que la demanda de recursos naturales se reduzca significativamente. Solo entonces, por ejemplo, la prospección de petróleo y arenas bituminosas en la selva ya no valdrá la pena. Hasta que no frenemos nuestras ansias de filetes no podremos evitar que se destine aún más tierra para pasto y producción de forraje. En resumen, los patrones 'light' de producción y consumo son la base para una gestión global de recursos que sea compatible con los derechos humanos.
Todos los conceptos relacionados con la economía verde colocan el ámbito económico en el centro de cualquier debate sobre la viabilidad futura. Según tal perspectiva, sólo podemos salvar el planeta con la economía, no en contra de ella. ¿Todas las soluciones giran otra vez en torno al Homo oeconomicus, pues? Si estamos buscando nuevos modelos para la sociedad que acepten los derechos humanos, la equidad, la diversidad cultural y la participación democrática como principios fundamentales y, al mismo tiempo, que se planteen como objetivo el de mantenerse dentro de los límites ecológicos, tenemos por delante nada menos que la tarea de reinventar la edad moderna".

El extracto anterior ha sido tomado y traducido de "Critique of the Green Economy – Towards Social and Environmental Equity" (Barbara Unmüssig, Wolfgang Sachs y Thomas Fatheuer, vol. 22 de la Heinrich Böll Stiftung publication series of Ecology, 2012). Se trata de un texto que no podría calificarse ni de revolucionario ni de anti-sistema, precisamente; ha sido publicado por uno de los principales think tank de los Verdes alemanes. Se trata de un discurso repetido hasta la saciedad durante los últimos 40 años; cuatro décadas de palabras vacías que han llenado cientos de miles de páginas pero aún no han cambiado ninguna realidad.
Sin embargo, y a pesar de todo, señala unos pocos de los muchísimos huecos que tienen las propuestas sociales, políticas y económicas resguardadas bajo términos-paraguas como "green economy".
Enfrentados a un desolador panorama natural y humano en donde unos pocos han consumido lo suyo y lo de otros (incluyendo otras especies vivas) por esta y por varias generaciones venideras merced a un modelo económico en el que prima el extractivismo salvaje, la producción en masa, el consumo y las ganancias por encima de todo lo demás, los grandes organismos (inter)nacionales no se han cansado de lanzar ideas/soluciones al ruedo. Ninguna de ellas, sin embargo, contempla un cambio radical de modelo. Nadie en dichos organismos osa plantearse siquiera una anulación del origen de todos los problemas, una purga total y absoluta, una renuncia a la forma de vida que nos ha conducido hasta aquí. Y eso a pesar de que, a estas alturas, resulta más que obvio que sin ese paso no vamos a ningún sitio y que cualquier plan que no contemple tal punto solo sirve como parche temporal condenado al fracaso. O como demostración pública de buenas intenciones que no busca, en realidad, solución alguna. Ideas verdes de las cuales no se puede esperar que maduren.
Cuando estemos preparados para lanzar una propuesta que no incluya palabras como "desarrollo", "economía" o "ecológico" en ella y que nos fuerce a respetar el principio "la supervivencia (de todos) tiene prioridad sobre una vida mejor (de unos pocos)" corresponsabilizándonos de las decisiones y las acciones que tengamos que poner en práctica para hacerlo (incluyendo pisar el freno y desmontar el modo de vida capitalista-consumista actual), quizás tengamos una esperanza de supervivencia.
Conviene darse prisa. No cesamos de cruzar líneas rojas y de dejar atrás límites irreversibles casi a diario.

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