Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias, borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso de una idea, de un sueño o de una esperanza.

22.4.14

Sembrar ignorancia para cosechar libertad de mercado

Sembrar igorancia para cosechar libertad de mercado

Por Sara Plaza

Leía hace poco un artículo de Michael Hiltzik titulado Cultural Production of Ignorance Provides Rich Field for Study [en referencia al rico campo de estudio que brinda la ignorancia culturalmente inducida], en el que se mencionaban las investigaciones de varios profesores estadounidenses que llevan tiempo estudiando la producción y difusión de la ignorancia, el hecho de que sistemáticamente se vierta información falsa y se siembren dudas, al tiempo que se reclutan "expertos" para sacarnos del error.

Aparecía en primer lugar el filósofo de la ciencia Robert Proctor (profesor de Historia de la Ciencia en la Universidad de Stanford), a quien se atribuye el neologismo agnotología (agnotology, en inglés) término que, según sus propias palabras, designa "el estudio de la política de la ignorancia [...] cómo la ignorancia se genera activamente a través de cosas como el secretismo en los avances científicos militares o por medio de políticas deliberadas" (y que fue acuñado por el lingüista Iain Boal cuando Proctor le consultó). Buscando algo más de información, encontré un estupendo ensayo de Leopoldo Moscoso, Agnotología y educación ciudadana, que explicaba: "Ello incluye no sólo la publicación de datos científicos imprecisos sino también las situaciones caracterizadas por la abundancia de información, cada vez más barata de producir y difundir, y por la omnipresencia mediática de los expertos, factores que, sin embargo, no parecen dar lugar a una población más competente o mejor instruida. La difusión de rumores y prejuicios se encuentra igualmente en nuestro horizonte, en tanto que la producción y el sistemático mantenimiento de la ignorancia parecen haberse convertido ya en rasgos prominentes de nuestras formas de organización política y social. Hemos visto a la industria del tabaco manufacturar dudas sobre el riesgo cancerígeno asociado al consumo del tabaco, y hemos visto a las grandes petroleras financiar estudios que ponen en duda el origen antrópico del cambio climático".

Precisamente, el artículo recogía el caso de la industria del tabaco, industria que fue pionera en erosionar la aceptación pública (y el hecho científicamente probado) de que el tabaco causa enfermedades cardiovasculares y cáncer. Hoy se sabe que su método no consistía en refutar la evidencia sino en crear "controversia". Así lo expresó en 1969 un ejecutivo de la tabacalera Brown & Williamson (Pall Mall, Lucky Strike, Kool) en un documento interno de la compañía: "La duda es nuestro producto porque es la mejor manera de competir con 'el cuerpo de los hechos' que existe en la mente del público en general".

Volviendo sobre la figura de Proctor, el columnista de Los Angeles Times, explica que este historiador llegó a la agnotología investigando la ciencia nazi y posteriormente la campaña de la industria del tabaco para promocionar sus productos. Al parecer, cuando recién comenzaba su carrera académica Proctor le preguntó a un asesor si le parecía que la ciencia nazi era un tema apropiado para la investigación. Su interlocutor le dijo que "desde luego" y afirmó: "Lo absurdo es absurdo, pero la historia de lo absurdo es conocimiento". Y poco a poco se fue adentrando en el estudio de la ignorancia fabricada a medida para manipular: "El mito de la 'sociedad de la información' es que nos estamos ahogando en conocimiento [...], sin embargo es cada vez más fácil propagar la ignorancia".

Un poco más adelante, Hiltzik cita el trabajo de los historiadores de la ciencia Naomi Oreskes (profesora de Historia y Estudios Científicos en la Universidad de California) y Erik Conway (historiador de la NASA), Merchants of Doubt, en el que, entre otros asuntos, tratan la cuestión de la campaña de relaciones públicas que llevó a cabo la industria del tabaco contra el movimiento anti-tabaco, la cual consistió en "fabricar un 'debate', convenciendo a los grandes medios de información de que los periodistas responsables tenían la obligación de presentar 'las dos posiciones' existentes". Pero como una y otra vez insiste la historiadora, la ciencia no es una cuestión de opinión sino de evidencias, y hace una década que la propia Oreskes, tras revisar todos los artículos arbitrados sobre el cambio climático que aparecieron en revistas científicas entre 1993 y 2003, demostró que en la comunidad científica no había dos posiciones (como tampoco las había respecto de la vinculación de ciertos tipos de cáncer con el humo de los cigarrillos) sino consenso, y que ninguno de dichos documentos ponía en duda la tesis que señala las causas humanas del calentamiento global (coincidiendo con lo afirmado por el IPCC y la Academia Nacional de Ciencias). Asimismo, al estudiar los artículos que durante los catorce años anteriores habían publicado los periódicos más influyentes de Estados Unidos, Oreskes concluyó que en esos medios se había estado dando la falsa impresión de que los científicos estaban enzarzados en un agitado debate y que no terminaban de ponerse de acuerdo. Esa falsa impresión fue (y sigue siendo) muy útil para apuntalar el status quo y ha servido para justificar la falta de acción contra el cambio climático.

El artículo de Hiltzik también recoge las palabras del profesor de la UCLA Matthew Norton Wise, sobre cómo la mercantilización de la ciencia académica está minando la credibilidad de las universidades y de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, así como un estudio dirigido por Brendan Nydan (que demostró lo tremendamente difícil que era cambiar el modo de pensar de los padres que, dejándose guiar por una información engañosa que sugería una posible relación entre el autismo y la vacuna triple vírica, habían decidido no inmunizar a sus hijos). Y finalmente retoma el hilo de la industria del tabaco y su intención deliberada de generar confusión. Según Proctor, en Estados Unidos siguen fumando 40 millones de personas y el uso del tabaco se está incrementando en otros lugares del mundo. Además, el programa de la industria no se limita a los cigarrillos sino que forma parte de "un proyecto agnotológico para fomentar el fundamentalismo del libre mercado". De ello da cuenta un artículo publicado hace un año, en el que el cardiólogo Stanton A. Glantz y su equipo (de la Universidad de California) revelan los nexos entre la industria del tabaco y el Tea Party, que fue quien promovió algunos de sus objetivos más preciados, como la rebaja de los impuestos al tabaco y la revisión de la legislación antitabaco. Los autores señalan: "En muchos aspectos, el Tea Party de los últimos años se ha convertido en el 'movimiento' que previó Tim Hyde [uno de los ejecutivos de la compañía R. J. Reynolds]... el cual se fundamentaba en los valores patrióticos de 'libertad' y 'elección' para cambiar el modo como la gente ve el papel que 'gobierno' y las 'grandes empresas' desempeñan en sus vidas, en concreto en lo que tiene que ver con los impuestos y la legislación".

Y esta última parte me recordó que una semana antes yo no podía salir de mi asombro al leer una serie de artículos (Cuando el dinero compra la democracia, Subasta democrática, Sedición en la Suprema Corte) sobre el reciente fallo del Tribunal Supremo de Estados Unidos anulando el límite del monto total que un individuo puede donar a candidatos y partidos. Su presidente entendió que el dinero es una forma de expresión y echó mano de la Primera Enmienda para proteger las contribuciones empresariales, dado que restringirlas amenazaría "la libertad de expresión y al derecho de las personas a participar en el debate público". Sin embargo, hasta el New York Times calificó la decisión de "cruzada dirigida a desmantelar las barreras al poder distorsionador del dinero en la política estadounidense". Una cruzada que lleva tiempo en marcha (véase Estados Unidos: los cuatro magistrados del Apocalipsis y el dinero de las grandes empresas) y que a uno y otro lado del Atlántico está sepultando la democracia.

Leído lo leído, garantizar la libertad de expresión significa "otorgar un megáfono enorme a los más ricos para que griten en nuestros oídos", y hacer lo propio con la de mercado implica generar dudas y exagerar la incertidumbre científica con el fin de impedir que se tomen medidas sobre amenazas verdaderamente serias como son el consumo de tabaco o el calentamiento global.

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