28.6.16

Estamos viviendo fuera de la realidad

Estamos viviendo fuera de la realidad

Por Sara Plaza

Los párrafos que siguen son la trascripción de la intervención de Jorge Riechmann, poeta, traductor literario, ensayista y profesor titular de filosofía moral en la UAM, en el programa En Clave de Tuerka del pasado 9 de junio.


Ser socialdemócrata hoy es estar muy rezagado con respecto a lo que los tiempos nos piden, lo cual, de todas formas, tampoco es muy sorprendente porque la sociedad entera está muy rezagada en ese plano. La socialdemocracia intentaba dar respuestas a problemas de hace un siglo, o de hace medio siglo, o de hace treinta años quizá todavía, y el mundo ha cambiado mucho desde entonces.

La situación es un poco paradójica porque por otro lado lo que pide la sociedad española y seguramente muchas más, en cierta forma es socialdemocracia, es decir, esa idea de capitalismo domesticado, de cierto compromiso entre capital y trabajo, de la posibilidad de desarrollar vidas ordenadas, carreras profesionales en un marco más o menos estable; cosas que, efectivamente, pudo garantizar la socialdemocracia allí donde gobernó durante algunos decenios, pero creo que hoy estamos en un marco bastante diferente.

Y ahí tenemos dos asuntos, no son los únicos, pero son asuntos enormes que requerirían seguramente otras posiciones. Primero el nivel, la profundidad con la cual el neoliberalismo, la variante neoliberal del capitalismo, ha penetrado las sociedades, las subjetividades, no solo las economías, sino mucho más allá. Eso por una parte, y, en segundo lugar, el grado de emergencia de la crisis ecológico-social que nos sitúa verdaderamente ante un abismo.

Entonces, aunque haya un deseo de socialdemocracia, y aunque haya esa oferta también de socialdemocracia desde distintos lugares, creo que los tiempos van a ser un poco diferentes.

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Creo que pensar en distintos plazos y en la mirada que va un poco más allá de lo inmediato es bastante importante. No es que no haya en el corto plazo posibilidades de regate, y de valerse de ganar algunas posiciones para desarrollar políticas que sean más favorables a las mayorías. Pero las condiciones históricas de la promesa capitalista, en su variante liberal o en su variante socialdemócrata, en eso insistiría, ya no van a estar entre nosotros, ese es el asunto de fondo.

¿Por qué? Pues porque esas condiciones suponían una gran cantidad de energía excedente en forma sobre todo de petróleo, combustibles fósiles en general, pero petróleo en particular, y ya no estamos ahí, estamos en el cenit del petróleo y en una senda de descenso energético a lo largo del siglo XXI, a pesar de las ilusiones que se hacen nuestras sociedades sobre ello.

Porque los países centrales del sistema podían organizar esos Estados asistenciales o Estados del bienestar valiéndose también de distintos mecanismo de lanzar balones fuera y valerse de recursos de muchos otros lugares.

Porque era un mundo estructurado todavía, estaban en marcha procesos de liberación nacional, pero un orden poscolonial, neocolonial seguía todavía en marcha, y eso ha cambiado también radicalmente.

Porque ya no somos 2000 ni 3000 millones de seres humanos en el planeta, sino que somos 7300 millones y seguimos adelante.

Las condiciones van a ser de dureza creciente para llevar adelante políticas económicas razonables. Y entonces por eso discrepo de la idea de que la opción es solo entre diferentes clases de capitalismo, porque entonces realmente estamos perdidos. Si no conseguimos desactivar la dinámica autoexpansiva del capital y si no tenemos presentes también las lecciones de la historia, estamos perdidos.

Es muy importante la experiencia chilena que acaba en el 73, ese golpe de Estado es también el arranque de la fase neoliberal del capitalismo en buena medida. Y hay otra experiencia histórica importante –en ese llegar a los límites del proyecto histórico de socialdemocracia–, que es Suecia en la segunda mitad de los años 70: cuando va adelante el proyecto que impulsa buena parte de la socialdemocracia y los sindicatos suecos, de una especie de socialización dulce de una parte del aparato productivo con los fondos de inversión de los asalariados, y también eso llega hasta un límite y es echado para atrás.

Y no hay muchas dudas –a pesar de que podemos pensar que los tiempos de la violencia militar directa están atrás o que, de momento, las guerras están más lejos de nosotros– de que cuando las cosas se ponen mal, realmente mal para los poderes dominantes, el poder militar está también ahí. No creo que en el siglo XXI vayamos a librarnos de ello. Tampoco en los países centrales del sistema.

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Esto del baño de realidad... si algo caracteriza a nuestras sociedades es su denegación sistemática de la realidad, de realidades muy básicas, claro, que son de qué manera se relacionan nuestras sociedades con la biosfera, cuál es el metabolismo entre ciudad y campo, y demás. Ahí nos damos cuenta de que estamos viviendo fuera de la realidad. Ese es un aspecto terrorífico, terrible en la cultura dominante.

Hay wishful thinking y denegación por todas partes. Cuando hablamos de plazos no nos damos cuenta de lo que está pasando. No nos damos cuenta de lo que está sucediendo, por ejemplo, con el calentamiento global. La última experiencia de este debate de la semana pasada: pregunté a varios compañeros comensales en una comida –que eran profesores de universidad, es decir, no eran gente que tuviera los estudios primarios–, cuál pensaban ellos que era la diferencia entre las temperaturas promedio de la Tierra en los periodos glaciales y la Tierra cálida en los periodos interglaciales, como el que nosotros conocemos y que nos resulta adecuado y en el que hemos desarrollado lo que llamamos civilización. La intuición falla totalmente en eso, incluso en las personas muy cultas. Me decían, pues seguramente serán 30º o 35º ¿no? Europa cubierta de hielo y tal... 3º o 4º es la diferencia entre las temperaturas promedio de la Tierra con Europa cubierta de hielos en modo glacial y los periodos interglaciales.

Nosotros ya estamos 1º por encima de las temperaturas promedio de la era anterior al comienzo de la quema masiva de combustibles fósiles, y la senda en la que estamos es 3º, 4º, 5º, hasta 6º o más grados de incremento de las temperaturas promedio en pocos decenios. Eso es llevarse por delante a las diecinueve vigésimas partes de la humanidad según algunos climatólogos, si las cosas van bien, y si no llevársela por delante a la humanidad entera. O sea, esas son las realidades básicas, las más básicas, de las cuales tenemos que partir si queremos pensar en órdenes socioeconómicos.

[...] Tendremos que hacer políticas realistas en algún momento, y lo que yo objetaría, de todas formas, es que también hay mucho wishful thinking en esa idea de que podemos retomar los viejos buenos tiempos de la socialdemocracia europea de los años 50. Ojalá fuera así, porque de hecho es lo que está deseando la sociedad... pero las cosas no van a ir por ahí. Entonces, de alguna manera, necesitamos también políticas que sí se hagan cargo de la realidad. Empezar por alguna parte.

[...] Y luego habrá que asumir que, aunque mucha gente siga diciendo hoy que son socialdemócratas, si los socialdemócratas de hace 50 años se levantaran de sus tumbas y miraran lo que dicen y lo que hacen, desde luego no los reconocerían como los suyos.

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Decimos, ¿liberalismo económico?, bueno, pero solo si somos capaces de desbordarlo también hacia formas de democracia radical. Necesitamos combinar democracia participativa con los mecanismos de representación.

¿Estado social? –y mejor llamarlo así que Estado del bienestar porque, en general, la gente entiende mal lo que significa eso–, pues vale, pero la esencia de eso no es la expansión del mundo de la mercancía, sino un contrato social para asegurarnos los unos a los otros.

O sea, cada principio [liberalismo político, políticas keynesianas, economía mixta, estado social, acabar con las desigualdades] requeriría una reformulación importante. Y no nos bastan –y eso es lo más importante– esos cinco principios. Entonces necesitamos no esa socialdemocracia añorada que se fue para no volver, sino algo que hay que llamar más bien ecosocialismo o ecocomunismo.

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