18.7.17

Ecuaciones literarias

Ecuaciones literarias

Por Sara Plaza

Leía hace unos días la edición de 1994 de Galicia, el bonsái atlántico. Descripción del Antiguo Reino del Oeste, una edición ampliada de aquel ensayo "escrito, a uña de caballo, en el mes de mayo de 1989, y en la forma de un largo reportaje que se hizo libro", tal y como cuenta Manuel Rivas en sus primeras páginas.

"Periodismo romántico. Nada más", sigue diciendo el autor, que explica a continuación el resultado de aceptar la invitación de volver, cinco años después, sobre aquella "obra de circunstancias":

[...] Por un lado, tengo la tentación de reescribirla enteramente, porque Galicia ha cambiado y el autor también. He optado por dejarla como eso que llaman obra abierta, incorporando anotaciones y nuevos capítulos sobre aspectos que creo interesantes para acercarse al complejo crisol que es la Galicia contemporánea. [...] Así que el bonsái crece, aunque sea a la manera de la música de las viejas cantigas: en progresión retardada.

Uno de esos nuevos capítulos lleva por título La revolución del fútbol atlántico, que da cuenta de "la hazaña del Deportivo de A Coruña y la personalidad de un 'héroe gallego', el entrenador Arsenio Iglesias". Cuenta Rivas:

[...] Cuando la revolución deportivista trascendió las fronteras, un entrevistador francés acudió a Riazor esperando encontrar un preparador con aires de Juvenalia, vestido de Roberto Verino y dispuesto a perorar sobre el fútbol posmoderno en la era posindustrial. Se encontró con un cristiano campesino de pelo cano y chaqueta gastada.
–¿Usted, pastor?
–Sí, también he cuidado vacas –respondió Arsenio sin inmutarse.
Arsenio Iglesias se ha pasado la vida con un manual de supervivencia en el bolsillo, firmando contratos en blanco, enriqueciendo el refranero popular y esperando que una chispa divina convirtiera en instrumento futurista el sentido común. Bien pudiera ser su divisa la sentencia que Ramón Gómez de la Serna expresó en greguería: "El único que cambia de verdad la faz del planeta es el que ara modestamente el terruño".

***

"Greguería", qué era una "greguería". Yo no recordaba haber estudiado ese tipo de composición literaria cuando cursaba 2º de BUP, a mediados de los 80, no obstante, fui a consultar mi viejo libro de texto. Nada, ni rastro. Acudí entonces al diccionario de la RAE:

De griego1 'lenguaje ininteligible'.
1. f. gritería.
2. f. T. lit. Invención literaria del escritor español Ramón Gómez de la Serna, que consiste en una metáfora breve e ingeniosa.

En otras fuentes encontré que, en palabras de su propio creador, las greguerías se definen mediante la siguiente ecuación:

Humorismo + metáfora = greguería

Y, por fin, en el prólogo a la edición de 1960 de las Greguerías (incluido en Greguerías. Selección 1910-1960, Madrid: Espasa Calpe, 1991), hallo la definición que al final del mismo propone Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1888-Buenos Aires, 1963):

Greguería: repaso estricto y poético de la vida.

En ese texto el escritor y periodista vanguardista explica cómo y cuándo encontró el género:

La cosa sucedió en el piso primero derecha de la casa número 11 de la calle de la Puebla, en la villa y corte de Madrid. Era un día aplastado por una tormenta de verano. Tenía hinchada la frente. Me asomaba al balcón y volvía a meterme dentro y a sentarme.
Vivía aún don Jacinto Octavio Picón –secretario perpetuo de la Academia–, y yo estaba harto de don Jacinto Octavio Picón.
Sobre mi mesa, las tijeras, abiertas como cuando los pelícanos abren el pico a los días de calor, estorbaban la idea. Las cerré.
Por fin, en una última llamada del balcón, dándome un golpe contra la esquina del diván al salir a buscar lo que estaba entre cielo y tierra, encontré la invención de la "greguería".[...]

Asimismo, cuenta por qué lo bautizó con esa palabra:

[...] me di cuenta de que había que buscar una palabra que no fuese reflexiva ni demasiado usada, para bautizarle bien.
Entonces metí la mano en el gran bombo de las palabras, y al azar, que debe ser el bautizador de los mejores hallazgos, saqué una bola...
Era "greguería", aún en singular; pero yo planté esa bolita y tuve un jardín de greguerías. Me quedé con la palabra por lo eufónica y por los secretos que tiene en su sexo.
Greguería, algarabía, gritería confusa. (En los anteriores diccionarios significaba el griterío de los cerditos cuando van detrás de su mamá.)
Lo que gritan los seres confusamente desde su inconsciencia, lo que gritan las cosas.

Y por último aclara qué es y qué no es "greguería".

Al prólogo le sigue una pequeña selección de greguerías bajo los epígrafes "amor", "arte y literatura", "animales", "ciudades", "fatalismo", "filosofía", "humanidad", "instantáneas", "lenguaje", "muerte", "naturaleza", "niñez", "objetos", "poesía", "política" y "sociedad".

***

En ese breve listado no aparece la sentencia que cita Manuel Rivas en su ensayo al hablar de Arsenio Iglesias, pero descubrí una que me llevó de vuelta a otro pasaje de Galicia, el bonsái atlántico, titulado La sagrada vaca.

Escribe Manuel Rivas en ese apartado: "El primer espejo de mucho niños campesinos gallegos fueron los ojos metafísicos de la vaca".

También yo me miré de niña en el azabache traslúcido de esos ojos, y, francamente, no logró adivinar qué es lo que pudo ver Ramón Gómez de la Serna en ellos para afirmar que: "Las vacas escriben con el tintero de sus ojos el poema de la resignación".

Imagen: Writing my heart out de Gladiola Sotomayor.